jueves, noviembre 5

La magia, los pasteles y el sapo desmemoriado

a) La magia que dices ocurre de pronto, en días como hoy. Un café de diez minutos bajo la sombrilla de un starbucks. Un par de páginas amargas y azucaradas como el expresso que bebo bajo el sol (es mi libro de Murakami). Enseguida un párrafo escrito a mano en mi libreta. Su viento, su oleaje, sus aromas (aún estoy sentada en mi mesa del café) (el otoño cae de lleno sobre el asflato) (los carros pasan) (la deslumbrante luz me absorbe). Después voy al banco, pago el teléfono, paso por la facultad. Hasta que llega el momento de abrir el mail en el que me recuerdas que la magia existe, que la he tenido frente a mis ojos a lo largo de la mañana y apenas le he prestado atención.

b) Andresito me contó de las meriendas en su oficina. Comparten el espacio tres abogados jóvenes y uno ya mayorcito, antojado, sin tanto trabajo que digamos y medio panzón. El antojado fue el de la idea. Cortó papelitos, anotó en ellos del 1 al 4, los dobló y los fue pasando para que cada quién sacara uno. Después registró el orden en el cual se encargarían de las meriendas. Desde entonces se turnan para llevar el pastel. Andresito me explicó que al principio debía ser hecho en casa, pero ahora es posible comprarlo en una pastelería. Ayer venía llegando el abogado panzoncito a la oficina cuando Andrés apenas salía a comer. "¿A dónde vas?", le preguntó, como invitándolo a quedarse. "Traía un pastel enorme, de Suspiros". Eso me lo dijo Andrés para que comprendiera la enorme importancia de que regresara al trabajo lo antes posible.

c) ¿Qué es un sapo sin pasado?

sábado, enero 17

Para un dia de lluvia


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida de El Norte, Monterrey


Nada como una novela exquisita, delicadamente trágica, para un día de lluvia. Eso pensé cuando, al despertar, me encontré con que una densa capa de humedad cubría las calles.

Desgraciadamente, la noche anterior había terminado el libro que deseaba estar leyendo en ese instante. Metida en la cama, dando sorbos a mi taza de café, olvidada del trabajo y los pendientes del día.

Los pequeños detalles cotidianos llegan a veces a destiempo. Para ponerlos en orden, preparé café y empecé de nuevo por la primera página. Fue entonces cuando recordé que la lectura me había provocado, al mismo tiempo, placer y dolor de estómago. El masoquismo es así, una se aferra a su libro y sufre.

Empecé a leer "El Dios de las Pequeñas Cosas" (Anagrama, 2008), de la escritora hindú Arundhati Roy, con un poco de resistencia. Aunque, por primera vez podemos encontrarla en México, sabía que la novela ha sido traducida a múltiples idiomas y tiene más de 10 reediciones en español, y temía toparme con uno de esos libros de lectura fácil y ventas millonarias al estilo Paulo Coelho.

Sucedió lo contrario. "El Dios de las Pequeñas Cosas" es una novela que exige paciencia en un primer momento, y enseguida recompensa al lector, sumergiéndolo en una historia bella y terrible. Al terminar el primer capítulo advertimos que hemos sido absorbidos y devueltos a la superficie, húmedos, empapados de personajes, de olores furiosos, de paisajes delicados y vibrantes, mezcla de naturaleza y civilización, que sólo pueden existir en países como la India (o México).

No es que una se reconozca. Haber nacido en Monterrey, esta Ciudad con su personalidad impositiva, con su impaciencia, su soberbia, sus aires de grandeza; con su tremendo empuje aun en los momentos de crisis, con sus ganas de independencia y singularidad, provoca que una advierta que la India se parece demasiado al México que vemos de lejos, ese país mágico que no somos y que, quizá por ello, nos provoca nostalgia.

Arundhati Roy es capaz de llevarnos a todo eso. Sin embargo, es difícil hablar de la novela en sí. Podemos decir: "es la historia de una familia desde los ojos de un par de niños"; o bien: "es sobre el amor imposible y el mundo de la infancia", pero es inútil.

A pocas páginas de haber empezado, cada personaje vive ya en nuestra mente como una persona real. Los pliegues de su piel, la forma de apoyar la cabeza sobre la mano, su voz. Y cada vivencia se transforma en algo grande, poderoso, dentro de un rompecabezas que sólo se muestra al final.

Historias de amor que no pueden ser y "en realidad comenzaron en los días en que se establecieron las leyes que determinan a quién debe quererse. Y cómo. Y cuánto". Personajes como la pequeña Sophie Mol o los gemelos Rahel y Estha, reunidos de nuevo tras 20 años. Las terribles "Cosas Peores" que sucedieron en la infancia, dando lugar a la tragedia, cuyo aliento congelado se extiende hasta el presente. Y las que los hacían volver a respirar, las otras, las pequeñas: "Las Grandes Cosas siempre se quedaban dentro. No tenían a dónde ir. No tenían nada, ningún futuro. Así que se aferraron a las Pequeñas Cosas. Porque detrás de la aparente tristeza hay, rascando con cuidado, un fresco que muestra una imagen de definitiva -aunque diminuta- felicidad."

También están las castas de la India, que nos remiten a nuestras propias maneras de racismo. Prácticas que se niegan a desaparecer, sujetas a los embates de la modernidad. Y la riqueza de unos cuantos junto a la pobreza de muchos. Todo eso tan conocido, tan real.

Al final de la lectura una se queda con el dolor, con la nostalgia de lo que no se pudo o no se es, con la magia y el reconocimiento de lo propio, mientras mastica el sabor de esas palabras indias que, crujientes, se quedan en la boca.

Aprovechando la lluvia leve, persistente, que caía sobre la Ciudad, empecé de nuevo. "Es tiempo de leer y sufrir", me dije, y regresé al mundo de Arundhati Roy. Tan lleno de vegetación. Y oloroso. Y húmedo.

sábado, enero 3

Despedida


Para Marcelo y Mónica

I. Ritos

Además de haberme convertido oficialmente en suegra, este fin de año fui partícipe del ancestral rito ceremonial de una boda.

Tomando en cuenta que les tocó en suerte una mamá como yo, alguien que se ha pasado la vida inventando historias e intentando creérselas, siempre pensé que mis hijos se casarían a mitad de la selva amazónica, en un barco de piratas o bailando una danza africana a ritmo de tambores.

Pero he ahí que Marcelo decidió seguir cada uno de los pasos del complicado ritual de la cultura en que nació. Desde la entrega del anillo de compromiso hasta la llegada al hotel en la madrugada, después de la ceremonia religiosa y la fiesta, vestido todavía de novio y con su botella de champaña en la mano.

Cientos de años detrás de cada detalle significante, una compleja simbología en el momento de colocarse las argollas o pasarse las arras. Cada uno de los actos solemnes enlazado al próximo dentro del viejo entramado de signos que, paradójicamente, eleva el instante hacia lo único, lo irrepetible. Lo extraordinario.

Observando a mi hijo en medio de esa atmósfera creada por la música, la presencia de gente significativa y las flores, comprendí que si no nos encontrábamos danzando frente al fuego con lanzas en las manos era por simple casualidad. El hecho es que habitamos esta tierra. Y la tierra suele darnos forma. Y nos contiene.

II. Tiempo

Los ritos religiosos y culturales nos unen a los ancestros. De pronto, a mitad de un gesto repetido a lo largo de generaciones, uno casi los toca. Una boda da para ese tipo de encuentros. Cientos de velos detrás del velo de Mónica. Una escalada infinita de miradas en sus ojos.

La inmortalidad, de acuerdo conPlatón, guarda relación con los actos creativos. El amor no es un deseo de belleza, dice, sino de procrear en la belleza.

El arte y el amor se parecen desde esta perspectiva. Sin embargo, nada nos salva. Ni las obras ni los hijos evitarán nuestra desaparición. Quedará, si acaso, un nombre en el árbol genealógico o en la portada de un libro.

Conozco el nombre de algunos de mis ancestros, ciertas historias que terminarán por borrarse. Y, sin embargo, permanece la repetición infinita de sus actos en las ceremonias rituales. "La víbora de la mar" desde no sabemos cuándo. Alguien que caminó con mi hijo hacia el altar y tiene esa misma nariz o esos labios.

Como en un juego de espejos, toda esa gente se presenta en el momento de la ceremonia. Una multitud haciéndose el mismo juramento en el instante sublime. Repetido.

III. Trascendencia

Me pregunto el motivo por el cual los humanos hemos concebido tamañas construcciones simbólicas. La puesta en escena de un evento situado en un origen sagrado y mítico quizá nos tranquiliza. Tal vez nos ayuda a formular preguntas existenciales para las que no tenemos respuesta y mitiga así nuestra angustia. Conocer la forma de la pregunta. Enlazarnos a la respuesta imposible en el momento sagrado, a través de un mediador.

El universo es demasiado grande para nosotros, la vida extremadamente incierta. La muerte tan presente, tan real. Nuestras ceremonias nos cobijan por un instante. Y nos dan forma. Acaso nos proporcionan consuelo, o el suficiente valor para despedirnos de lo que fuimos y sólo entonces avanzar hacia la realización de lo nuevo. Lo por venir.

Publicado en la columna Literespacio, sección Vida de El Norte, Monterrey

sábado, diciembre 20

Posada norteña

Publicado en la columna Literespacio, sección Vida de El Norte, Monterrey


Nada más singular que una reunión de escritores. El jueves pasado, en el espacio de Gargantúas, algunos de los escritores locales nos reunimos para celebrar nuestra ya tradicional posada, en esta ocasión amenizada por un grupo norteño.

Es interesante observar cómo los invitados se van reuniendo en grupos y, a continuación, se dan a la tarea de acabar con las obras de los ausentes. Y aunque lo anterior puede interpretarse de manera negativa, lo cierto es que tal ejercicio de crítica suele provocar un sentimiento de comunión que redunda en el éxito de la fiesta.

Esto tuve que aclarárselo a un narrador que, según me contó, tiene ya seis años escribiendo, pero nunca había asistido a este tipo de reuniones.

"Perro no come perro", dijo, en referencia a su impresión de que los escritores locales no leen a sus colegas. Le respondí que andaba mal, puesto que en la realidad sucede lo contrario. De otra manera, no habría tema de conversación en las fiestas. Me dio la razón.

Después de casi una semana aislada del mundo por motivos de enfermedad y habiendo dejado a mi hija, también enferma, al cuidado de su hermano, esa noche observaba a mis colegas como si se tratara de una extraña especie de humanoides a la cual, curiosamente, yo misma pertenecía.

"Y tú", preguntó el narrador, "¿de qué vives?".

En ese momento me hice a mí misma la pregunta de siempre: ¿por qué no estudié arquitectura, medicina, leyes o contaduría?, ¿qué sentido tiene pasarse la vida ante la pantalla, inventando personajes, historias, alguna necedad aberrante?

Antes de que pudiera responderle, el narrador me aconsejó que me pusiera a pintar, asegurándome que los cuadros sí dan para pagar los recibos.

"Echas dos o tres rayas y listo", dijo.

Recordé en ese momento un programa que acababa de ver en la televisión. Era sobre arte del siglo 21, y ese día presentaron a una pintora que tiene ya cuatro años trabajando en un cuadro en el que intenta plasmar el cielo nocturno.

Se trata de un cuadro de pequeño formato en el que va colocando pequeños puntos blancos sobre un fondo negro.

"Paso largas horas encerrada en mi estudio realizando este trabajo minucioso que detesto".

Su intención es que la superficie de la tela ceda y el observador, al fin, sea capaz de penetrar el cuadro y ponerse a flotar ahí dentro.

Tres o cuatro veces ha creído terminar el trabajo, pero al verlo se siente insatisfecha. Entonces cubre todo con una nueva capa de pintura negra y vuelve a empezar. Saber que detrás de lo que pinta hay varias capas de cielos estrellados le provoca percibir la profundidad de su proyecto y le da fuerzas para seguir adelante.

El caso es que esa noche de la posada, quizá porque todavía andaba con un poco de fiebre, pensé que el trabajo de esa pintora es una buena metáfora para entender la obsesión que nos mantiene atados a nuestros proyectos, intentando construir lo que quizá nunca lograremos, algún extraño objeto cuya realización, más allá de la absoluta supervivencia, es más importante que cualquier otra cosa en el mundo.

El narrador me contó que cuando escribía su primera novela se pasó muchos días atado a la computadora, obsesionado, impulsado por una fuerza que no le permitía levantarse de la silla. Entonces comprendió que, de ese momento en adelante, iba a tener que escribir. Y volver a empezar de cero, pensé, una y otra vez, hasta lograr que el material adquiera la suficiente profundidad para meterse dentro.

En esas reflexiones profundísimas andaba cuando uno de los escritores-gurús más cotizados de la ciudad pidió el "Pávido Návido" y me lo dedicó, no sé si con intención amistosa, irónica o de simple chacota. El caso es que en ese momento desapareció de mi mente la pintora de cielos estrellados y la cursilería cedió lo suficiente como para que pudiera regresar al mundo y dar cuenta de mis tacos. Mientras, mis colegas se comían en salsa a un apetitoso autor de estas tierras.

Dios los crea y ellos se juntan, dice el dicho.

sábado, diciembre 6

Sexo y diversión


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida de El Norte, Monterrey


En "La Posibilidad de una Isla", novela que comentaba en la entrega anterior, Michel Houellebecq imagina un futuro en el cual, entre otras cosas, el sentimiento humano del amor perderá su sentido hasta extinguirse.

De acuerdo con su punto de vista, esto se deberá en parte al "milenario proyecto masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar a la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión".

Después de aclarar que se trata de una "iniciativa" masculina, Houellebecq pasa a culpar a las mujeres, quienes en la actualidad, dice, se han vuelto fuertes e independientes y, como ya no precisan de la tutela de un hombre para sobrevivir, han renunciado "tanto a inspirar como a experimentar" un sentimiento "que ya no tiene justificación concreta".

Esta reflexión es muy cuestionable, pues supone que el único lugar posible para una mujer es el de la dependencia y la sumisión. Y en el colmo de esta suposición, indica que abandonar el papel de objeto sexual y convertirse en sujeto que se divierte sexualmente al lado del hombre implica la desaparición del amor. Todo depende de nosotras, en suma.

Más allá de esta discusión, me parece interesante la denuncia de dos cineastas en relación a la manifestación extrema, mercantil, del tal "proyecto".

"La Desconocida" (2006), del italiano Giuseppe Tornatore, película recién exhibida en la Ciudad, aborda la historia de una joven de Europa del Este cuyo cuerpo fue utilizado no sólo en el negocio de la prostitución, sino también en el de la producción y venta de niños. La historia, cargada de suspenso, a ratos melodramática, trata acerca de su búsqueda de uno de sus nueve hijos y muestra las vejaciones de que fue objeto.

Por su parte, en "La Tierra Prometida" (2004), el cineasta Amos Gitai aborda el mismo problema, pero en esta ocasión las europeas orientales han ido a parar a Israel.

En el caso de Gitai, el negocio del sexo como divertimento se muestra en toda su monstruosidad. Las jóvenes son enroladas con engaños y subastadas como ganado en el desierto del Sinaí. De ahí son transportadas a Eilat por un grupo de beduinos y terminan en un club para adultos en Haifa.

Sin embargo, mientras las escenas de vejación y de dolor son abordadas por Gitai de manera cruda, mediante secuencias tomadas con cámara al hombro, tipo documental, Tornatore las estiliza al máximo, provocando que se aligere la denuncia hasta desaparecer.

El manejo anecdótico es también muy diferente. Gitai muestra a un grupo de adolescentes desamparadas, impotentes, debilitadas por el dolor, mientras el personaje de Tornatore es capaz de todo.

La protagonista de Gitai escapa en medio del caos provocado por un atentado palestino; la de Tornatore asesina al tratante y, aunque su libertad se debe a su propia valentía, abre la posibilidad de una lectura prejuiciada en relación a la peligrosidad de los "extraños".

En lo personal, sobre todo después de haber visto ambas películas, me llama la atención la indiferencia con que nuestra ciudad reacciona cuando se descubren situaciones de este tipo. Pero ése es otro tema.

En todo caso, la denuncia, o queja, de Houellebecq en relación a la desaparición del amor da para entender que, en efecto, existe en la actualidad una tendencia a utilizar la sexualidad como diversión, lo cual no sería realmente grave si el cuerpo de la mujer, que históricamente ha sido considerado mercancía, no hubiera entrado de esa manera tan salvaje al campo del capitalismo feroz.

martes, diciembre 2

La Posibilidad de una Isla al cine


La novela de Michel Houellebecq terminó de filmarse en septiembre de este año.

A continuación, la ficha:

Sinopsis
Historia de ciencia ficción que relata cómo un grupo científico ha desarrollado una sofisticada tecnología basada en la clonación, lo que ha permitido a un solo hombre y a una sola mujer sobrevivir a los diferentes cataclismos que se producen en el cuarto milenio, tiempo en el que nos sitúa la acción de la película.

Productoras
Morena Films
Mandarin Cinema
DePalacio Films

Reparto
Benoit Magimel
Patrick Bauchau
Ramata Koite

Director: Michel Houellebecq

sábado, noviembre 22

Los inmortales


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida de El Norte, Monterrey

Cínico, insolente, racista, políticamente incorrecto, Michel Houellebecq se va convirtiendo en el escritor más incómodo del mundo occidental.

La brillantez con que disecciona el estilo de vida contemporáneo, distanciándose críticamente a partir de una observación fría y un ácido sentido del humor, provoca que lo leamos con una mezcla de asombro y disgusto, sin que por ello deje de arrancarnos carcajadas.

No es extraño que sea precisamente un francés quien denuncie el hastío de la civilización occidental, la indiferencia abúlica de una humanidad que sigue adelante, aun sabiendo que sus construcciones se han desgastado hasta el paroxismo.

Su primer retrato del mundo actual, conformado desde su óptica por sociedades debilitadas y en franco declive, lo encontramos en "Las Partículas Elementales" (1998), novela con la que se dio a conocer mundialmente y que aborda la historia de dos hermanos (un científico asexual aislado del mundo y un profesor de literatura obsesionado por el sexo), víctimas del abandono de una madre de ideas sesenteras y típicamente hippie.

A la hilarante y corrosiva narración del hombre de fines del siglo 20 le siguió, en el terreno de la narrativa, "Lanzarote" (2000), un híbrido entre novela y crónica de viaje situada en el cambio de milenio.

Al igual que sucede con los personajes de "Las Partículas...", el protagonista de "Lanzarote" es un hombre de su tiempo, es decir, un ser decadente, situado más allá de tabués morales y de cualquier tipo de preocupación política, social o ambiental.

La descripción del paisaje volcánico de la isla (la edición de "Lanzarote" en Anagrama incluye fotografías), el tono desapegado y cínico del narrador, la atmósfera de fin del mundo y, sobre todo, la anécdota del encuentro con la secta de raelianos en medio de esa vacuidad, anticipan la aparición de "La Posibilidad de una Isla" (2005), el texto más destacado de Houellebecq hasta la fecha.

En "La Posibilidad de una Isla", los raelianos son llamados "elohimitas" y el protagonista, un cómico que ha hecho millones en el showbiz burlándose de su público ("si agredes al mundo con suficiente violencia, él acaba escupiéndote su cochino dinero"), se encuentra con ellos casualmente, abriendo con esto la posibilidad de acceder a la vida eterna, vía la tecnología y la ciencia.

La narración de cómo la secta logra crear duplicados humanos y trasmitir a ellos la memoria del antecesor, eternizando con ello su existencia, no es tan interesante como el diálogo que se establece entre Daniel1 (un humano de nuestro tiempo) y Daniel24 (un neohumano, copia del primero, separado de él por un lapso de 2 mil años) a través de sus respectivos "relatos de vida".

A diferencia de "Las Partículas...", en "La Posibilidad de una Isla" la crítica de nuestro estilo de vida se realiza desde un futuro al que nuestro presente podría dar lugar. Daniel24 habita solo en una casa aislada, protegida por una barda electrificada, de la que nunca sale. Su contacto con sus congéneres es siempre virtual y azaroso, dada la falta de seguridad de la red.

Por su parte, los humanos se han convertido en "hordas de salvajes" que habitan fuera de las bardas y que los neohumanos ven con indiferencia. Son los descendientes de quienes no pudieron acceder a los avances de la ciencia y, aunque representan una fuente de peligro, están en vías de extinción: "Mira esas pequeñas criaturas que se mueven a lo lejos, míralas. Son hombres".

Daniel24 intenta comprender el sufrimiento característico de sus predecesores humanos, pero no lo consigue del todo. El individualismo extremo de la generación de Daniel1, su rechazo de la vejez, la negación del deseo en favor del interés económico y el consecuente aislamiento emocional, la ausencia de contacto físico en las relaciones sociales a través de la red, todo ello ha logrado desvincular a los neohumanos de sentimientos como la compasión, el deseo o el dolor.

"Abandonaré sin pesar una existencia que no me proporciona la menor alegría tangible", dice Daniel24 cuando está a punto de ceder su lugar a Daniel25, y en ese momento se me ocurre preguntarme por el significado de la palabra "civilización", o hasta dónde puede llevarnos la acumulación de saber y de experiencia a que ha dado lugar la reproducción de la especie.