sábado, julio 19

Sophie Calle



Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey

La primera vez que tuve noticia de Sophie Calle fue a través de la revista de psicoanálisis Me Cayó el Veinte. Me habían pedido que diera un curso sobre pensamiento creativo y de inmediato empecé a elaborar un programa cuyo tema central era la creación artística.

¿Cómo entendían los creadores sus procesos? Mi cuestionamiento se alejaba del contenido del curso, pero había encontrado un buen tema.

Fue entonces cuando di con un artículo sobre Calle en la revista. A través de él me enteré de que Sophie había pedido a un grupo de ciegos que describieran su imagen de la belleza.

A partir de ese material armó una exposición que incluía retratos de los ciegos, una cartulina con la frase que había respondido cada uno de ellos y una fotografía que intentaba representar las imágenes descritas.

El trabajo en su conjunto significaba, más que una respuesta, una pregunta. Tratándose de una artista visual, era claro su interés en relación a su particular proceso de creación. ¿Qué es la mirada?, ¿cuál es su relación con el lenguaje?, ¿cómo es que creamos el mundo mientras pretendemos captarlo?

Todo eso parecía preguntarse Calle.

SE OBSERVA AL OBSERVAR

Durante años, Calle se dedicó a fotografiar sus objetos personales con el fin de exponer su intimidad. En un momento dado decidió buscarse en otra parte y dirigió la mirada hacia afuera: observarse en el acto de observar.

Empezó a seguir a gente desconocida. Los fotografiaba sin mostrar sus rostros, registraba sus objetos, los lugares que frecuentaban, sus rutinas y a partir de ello imaginaba sus identidades.

Ella misma se había hecho seguir por un detective que debía enviarle un reporte diario acompañado de fotografías, seguramente con el interés de mirar a quien la miraba.

Uno de sus proyectos surgió cuando encontró en la calle una libreta de direcciones. Después de fotocopiarla y regresarla a su dueño, empezó a entrevistarse con la gente cuyos teléfonos aparecían en la lista.

Con el material recabado Calle escribía un artículo semanal en el periódico acerca de la cotidianidad y la vida interna que, imaginaba, poseía este personaje anónimo.

El tipo, que mientras tanto había salido de París por motivos de trabajo, se sintió ofendido al enterarse del proyecto y exigió públicamente que Sophie Calle publicara en el periódico una foto de ella misma desnuda.

El año pasado Calle representó a Francia en la Bienal de Venecia. En esta ocasión su exposición partió de un mail con el que su pareja dio por terminada la relación. La última palabra de la carta es el título de la obra: "Cuídate".

Calle imprimió el mail y pidió a 107 mujeres (pintoras, cirujanas, antropólogas, psicoanalistas, bailarinas, cantantes, publicistas, actrices) que le ayudaran a interpretar el mensaje y, con ello, a despedirse de su amante.

Su exposición mostró su dolor, lo transformó, lo tradujo, y, como es su costumbre, lo llevó al terreno de lo público.

SU VIDA, LA OBRA

No hay manera de establecer un límite claro entre la vida de Calle y su obra, la cual cuestiona constantemente el acto de creación, al tiempo que problematiza los límites entre la ficción y la realidad, entre lo teatral, lo performativo y lo estrictamente biográfico.

Lo primero que leí de Paul Auster fue su "Trilogía de Nueva York". Además de su manera de estructurar las historias en torno a un concepto central, lo cual acerca su literatura a los procesos creativos de la plástica contemporánea, me llamó la atención encontrar la obra y las ideas de Calle por todas partes.

Más adelante, en "Leviathan", una de las novelas más sólidas de Auster, Calle se convierte en personaje. Su vida, su personalidad y su obra, traducidas a palabras y atribuidas a la artista ficticia Maria Turner, se mezclan con las de Benjamin Sachs, el protagonista, y dan lugar a la tragedia que se anuncia desde la primera página.

Cuando Calle supo que Auster escribía un personaje basado en ella, se trasladó a Nueva York y, adoptando la identidad de Maria Turner, le pidió a Auster que le "ordenara" acciones a realizar, dado que era él quien la creaba en ese momento.

Temeroso de las responsabilidades que recaerían sobre él, Auster se negó a realizar tales órdenes y fue en ese momento que apareció la frontera que ambos se afanaban en borrar. Sucede que en "este lado", la gente puede ser dañada "en realidad", puede incluso morir. Para siempre. De manera definitiva.

miércoles, julio 9

Hola, chicos!


Primeras fotos de los susodichos en la lejana Seattle.
Saluti.

sábado, julio 5

Nuestro verano

Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey

Para Marcelo, siempre

Los veranos en Monterrey son hirvientes, asfixiantes, cegadores. Las calles arden bajo nuestros pies y la poderosa luz del Sol pareciera absorber nuestros cuerpos. Aún así, o quizá precisamente por ello, los veranos en nuestra ciudad son poéticos.

Jeannette Clariond presentó su nuevo poemario en el Colegio Civil Centro Cultural Universitario. El calor de la noche era intenso y la pequeña sala de presentación, con la frescura del aire acondicionado, la oscuridad, el video que se proyectaba en el que el agua del mar rompía en olas, fue una isla a mitad de la sequía, un oasis en pleno centro de la Ciudad.

La lectura en atril que siguió al video se convirtió en espectáculo: los poemas tomaron forma y fueron voz, luz, imagen.

El texto de presentación de Luis Aguilar dio lugar al diálogo. En lugar del tedioso monólogo de siempre, el presentador se transformó en personaje teatral: cuestionaba a la poeta y a los poemas, comentaba, se ponía enfrente. Como en el coro griego, representaba las voces de quienes veíamos y escuchábamos desde el público.

Fueron los más jóvenes quienes iniciaron esta nueva manera de presentar libros, que en realidad es una vieja manera, la más antigua. Minerva Reynosa, Gabriela Torres y Óscar David López, entre otros, suelen salir a leer con vestuario, con una historia detrás, una construcción estética de la que el libro forma parte.

Decir poemas como si cantáramos. Enriquecerlos con cierto tipo de luz, con determinada imagen, con el sonido del mar. Realizar la puesta en escena de la palabra. Y sumergirnos en ella.

Respirar.

"Agua", dice Jeannette en el epílogo de su poemario. "Agua sin luz a la sombra de la luz. Agua creciendo desde el fondo./ Borbotones manan bajo el puente./ Las pilastras toleran la calamidad. Luego del remanso el fluir/ de los reflejos en el río./ Hablas de la primera voz, y no la oyes./ El río deja su estela doliente/ y avanza./ Caminas la orilla y observas el coro de los pájaros,/ el brillo dorado sobre las piedras./ Te detienes frente al cristal./ Un pequeño insecto de cuarzo te recuerda que existe un destino...".

Unos días después del espectáculo de Jeannette, Ofelia Pérez-Sepúlveda presentó un poemario como si se tratara de un disco. Los presentadores no eran escritores, sino músicos. Leer poemas como cantar un corrido. La atmósfera norestense, las voces de Sergio y Dolores, integrantes de Música Maestro, haciendo presentes a los personajes que Ofelia rescata en su libro. Poemas que intentan decir las cosas de los otros, sus mundos. La poeta se hace a un lado, los deja hablar a ellos. Un coro en el que no vemos los rostros, pero escuchamos lo que dicen. Trozos de vida contada, cantada.

Después de muchos veranos disfrutando de las lecturas que, bajo el título "Versos veraniegos", organizó Conarte en la Galería Regia, el organismo presentó recientemente una antología de participantes, clausurando así el evento que se había convertido en una tradición.

Ese tipo de grietas dan lugar a nuevos proyectos a través de los cuales se renuevan las tradiciones. Es así como la revista literaria Posdata, en coordinación con el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, inició el pasado miércoles el Primer Ciclo de Poesía 2008 Verso Norte, que se llevará a cabo cada semana a lo largo de 10 sesiones.

Lo original es que no se prioriza la novedad en el formato, ya que en las lecturas de Posdata la gente con trayectoria y, por lo mismo, muy vista (escuchada) leerán su trabajo cada miércoles al lado de las nuevas caras (voces).

Por último, aunque quizá debí empezar por ahí, hoy se llevará a cabo el Maratón Literario organizado por Conarte en el espacio al aire libre del Teatro de la Ciudad. Todo un banquete para los amantes de las letras. El evento dará inicio a las 10 de la mañana y terminará 12 horas más tarde.

Tal es el estado de cosas: el verano cargado de letras, los osos bajando de las montañas, los niños levantándose a medio día, mi hijo Marcelo iniciando el viaje de su vida y, para rematar, la lluvia.

¿Qué más se puede pedir a esta ciudad ingrata, contaminada, violenta?

sábado, junio 21

De escritores y alumnos


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey

I. Un escritor responsable

La frase menos creativa que he escuchado últimamente acerca del oficio de escribir la dijo Álvaro Enrigue hace unos días, durante la presentación de su última novela en el Centro Cultural Universitario. Enrigue aseguró que escribe para pagar las colegiaturas de sus hijos.

Con esa imaginación, vaya usted a saber a quién se le ocurra leer la novela que presentó en nuestra Máxima Casa de Estudios. ¿Por qué no inventó una mentira aberrante, alguna tarugada genial, si se supone que para eso estamos los escritores?

Ante la pregunta de por qué se escribe, he escuchado de todo. Un compañero de taller afirmaba que escribía porque no sabía cantar. Otro decía que era para dar de comer a la araña y la mayoría solía responder con un rebelde "porque sí" o un retador "porque me da la gana".

Hace más de 10 años me encontraba mesereando en un restaurante de Tel Aviv y a un comensal se le ocurrió preguntarme qué hacía en esa ciudad. Le respondí que estaba ahí para escribir. "¿Y por qué en Tel Aviv?", preguntó, a lo que respondí con enorme honestidad: no tenía la menor idea.

Una cosa me queda clara en este momento: no buscaba la manera de pagar colegiatura alguna. En todo caso, complicaba esa tarea al endeudarme. Con mi trabajo de entonces, como mesera en una pizzería, buscaba aligerar las exigencias mundanas y educacionales. Con el fin de escribir, nada menos.

Nunca imaginé que podía hacerse lo contrario (escribir para pagar las cuentas). Y de haberlo pensado, jamás lo hubiera declarado ante un micrófono. Siempre es mejor decir que una escribe para no dejarse morir.

El argentino César Aira asegura que escribir es lo único que sabe hacer más o menos bien. Paul Auster cambia de opinión en cada entrevista: escribe por placer o por la fascinación que le provoca el hecho de que escribir no sirva para nada.

Si me preguntan, respondería que escribo porque es muy interesante andar en las nubes. El mundo es bastante soso. Al escribirlo adquiere brillantez y, a veces, dolor. Me gusta que el mundo brille, aunque duela. Hay un toque "sado" en ello, lo sé. Así es la literatura.

Patricia Laurent escribe para que la quieran. Armostrong Free Lance, conocido bloguero español, escribe porque está enfermo de graforrea. Javier Cercas declara en el diario El País que escribe porque desde que tenía 15 años no le ha pasado nada interesante y agrega algo que debe tomarse en cuenta a la hora de reflexionar sobre los programas de becas a creadores:

"Escribo porque si no escribiera no tendría ni un sólo motivo para respetarme, muy pocos para levantarme por la mañana y casi todos para convertirme en un peligrosísimo oligofrénico, de lo que se deduce que el Estado debería subvencionarme para que siguiera escribiendo."

Y todo eso sucede mientras nuestro querido Álvaro Enrigue se coloca en la fila del banco para pagar los colegios de sus hijos. Dios lo bendiga.


II. Alumnos reprobados

Como es del conocimiento público, soy maestra de Apreciación a las Artes en nuestra Universidad. Y sucede que, en un arranque de idealismo, ofrecí a mis alumnos libertad total en la realización de los cortometrajes que deben entregar al final del curso.

La verdad, lo hago cada semestre. Ofrezco un espacio de libre expresión para que se explayen. Siempre he pensado que la creación artística es un exilio. Tomé esa idea de Severo Sarduy quien, siendo un exiliado de verdad, entiende su oficio como el ejercicio de observar desde la otra orilla del océano. Ver desde lejos nos ayuda a tomar perspectiva.

Si consideramos que nuestro planeta es apenas un grano de polvo flotando en el espacio sideral, el pago de colegiaturas, entre otros detalles, pierde el sentido de peso que le damos. Más allá del proceso de domesticación del hombre por el hombre (Sloterdijk dixit) llamado educación, la vida de los humanos, brevísima, insignificante, toma sentido justo en el instante en que la experimentamos. Y se convierte en algo enorme, infinito.

Darse cuenta de ese tipo de cosas es ya crecer, formarse. De ahí la importancia de estas materias en las universidades. Experimentar el arte es exiliarse por unos momentos para, enseguida, regresar al mundo como si viniéramos llegando de un viaje.

No se trata de restar importancia a la educación formal, sino de colocarla en su sitio y valorarla. Dar lo máximo de nosotros, realizar nuestras vidas, no es sinónimo de estudiar algo que deje lo suficiente para comprar carros de lujo y pasarla bien.

El problema es que el exilio es el exilio y no hay reglas que valgan. No es que la expresión artística sea libre o exija libertad, el arte ES y punto. Un creador se vale de un lenguaje, de una técnica y se pone a comunicar lo humano tal como lo percibe.

Algunos de mis alumnos decidieron expresar lo humano que hay en sus profesores. Un trabajo interesante que dejó al descubierto lo que piensan de ellos como ejemplares de la especie homo sapiens. Como yo debía poner la calificación, fui excluida del escarnio. Una lástima.

Les fue mal, obvio es decirlo. El corto cayó en manos ajenas a su catedrática y al regresar a tierra la nave fue confiscada y sus pasajeros reprobados. Es el problema de tener maestras idealistas, les dije, mientras presentaban el examen extraordinario.

domingo, junio 15

Domingo

Ni la sequía ni la contaminación parecen importantes cuando es domingo y una se sienta a leer su novela de Paul Auster. Aunque la novela se llame "Leviathan" y la haya leído ya dos veces. Hoy es día del padre y bajo el sol del verano flota un sueño. El de anoche. Vívido. En la frontera de esta otra realidad. A punto de consumirse bajo el sol quemante. Como un trozo de papel entre las llamas. Hola, extraño. Y felicidades.

sábado, junio 14

Otros huyen

Pache, que ahora es un señor ingeniero ya casado, está empacando para largarse a Seattle. Dice que allá hay cuatro estaciones al año, aire limpio y comida sana. Yo me conformo con pasear al perro en las tardes, procurando no mirar al piso (donde siempre encuentro alguna cochinada) y encerrarme a escuchar buena música con el aire acondicionado al máximo. La ciudad no me tiene contenta este verano.

PD: Una señora dijo en la tele que el joven asesino del pequeño oso (apenas un osito bebé) debe salir libre, ya que el muerto era solamente un animal. ¿Qué pensará la señora que es ella, una androide?

La higiene imposible

Marijose y yo tenemos un proyecto en conjunto (el primero desde que diera inicio la mal-habida adolescencia de la infante), prueba de acercamiento entre mundos distantes e incompatibles: el de la escritura, los libros y el apego al café, por un lado, y el del piano, las espinillas y el apego a las amigas y a las fiestas, por el otro.

El proyecto consiste en lo siguiente: no introducir basura a través de nuestras bocas. Adiós a las cocacolas, los tacos mañaneros, las enchiladas, los fritos, las maruchans, las pizzas, los ganistos. Como casi nunca tengo tiempo para cocinar, el sushi nos sale por las orejas y el sudor nos huele a arroz chino. También vamos de vez en cuando a los restaurantes especializados en ensaladas, con el peligro de agarrar una amibiasis.

El siguiente paso es dejar de comer carne. Esto último por el amor a los animales y, también, por el intento de no ingerir tantos antibióticos y hormonas. La gente me dice que nuestro proyecto es inútil, que tendríamos que comer puros alimentos orgánicos.

El panorama es deprimente. Los osos bajan a la ciudad, muertos de sed y de hambre, mientras nosotras soñamos con subir a la pureza de las montañas donde, gracias a nuestra acción depredadora, ya no hay nada.

sábado, junio 7

Para espantar el sueño


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey.

Me pregunto cómo puede un hombre ponerse en el lugar de una mujer. Escribir en primera persona la historia de una vida no es fácil. Mucho menos si el personaje se parece demasiado a la madre del escritor. Mucho menos si esta joven mujer se suicidó cuando el escritor tenía apenas 12 años.

En la contraportada de "Mi Querido Mijael" (escrita en 1968 y editada por Siruela en 2005), del escritor Amos Oz, los editores afirman que la protagonista es una moderna madame Bovary israelí. Seguramente lo dicen por aquello de que la Bovary estaba encerrada en su mundo de ensueños y eso le impedía hacer contacto con la realidad.

Sin embargo, en la novela de Amos Oz (y aunque Jana, la protagonista, suele refugiarse en fantasías), lo que se narra en realidad es el vacío, el aislamiento que mantiene a una joven madre y esposa dolorosamente exiliada del mundo que la rodea.

Hijo de intelectuales que habían inmigrado desde Europa Oriental, Amos Oz nació en Israel en 1939, cuando el país era administrado por los británicos y Jerusalén, su ciudad natal, era vista como el último rincón de Europa, un refugio al que iban cayendo los judíos que salían huyendo de sus países de origen.

"Mi familia no era esa gente que bromeaba y se reía en la cubierta del Titanic, en los años 40", comenta Oz en una entrevista publicada en Letras Libres en diciembre del 2004, a propósito de la aparición de "Una Historia de Amor y Oscuridad" (2003), otra de sus novelas autobiográficas.

"Sin embargo, ellos estaban entre los arquitectos del Titanic. La música que sonaba, en parte, había sido creada por ellos. El menú, el menú cultural, había sido, en parte, preparado por ellos. Pero fueron echados a patadas a la oscuridad".

En medio de esa oscuridad empieza la historia de Jana, una estudiante de literatura hebrea que se casa con un geólogo al que conoce en la universidad.

Una profunda distancia aparece muy pronto entre ellos y el vacío de Jana empieza a crecer. Rodeada de gente, aislada en su interior, la protagonista se va desprendiendo poco a poco de la vida, al tiempo que realiza sus rutinas cotidianas con desapego.

Su discurso, escrito en tono confesional, pone ante nuestros ojos el abismo del que pende su ánimo, a partir de la descripción de los mínimos detalles hogareños y los movimientos de su alma. Todo ello echando mano de frases cortas, ausencia casi total de adjetivos y adverbios, crudeza, sequedad. Y una precisión extrema al incidir en las emociones, en los detalles.

La escritura, no obstante, es profundamente femenina. Y compasiva. Un terrible suceso por venir flota en torno a la joven pareja y al niño, casi se puede tocar. Pero ellos mismos no lo advierten. Se dejan llevar por la inercia, la cordialidad, la falta de comunicación real, la ausencia de calor humano.

¿Cómo pudo Amos Oz escribir ese dolor tan cercano?

Tres años después del suicidio que conmovió a su familia, Amos Oz se independizó y, en actitud de rebeldía, se marchó a una granja colectiva (kibbutz), "un lugar donde la gente no es complicada y la vida es simple", comenta el autor. Tenía 15 años.

Como suele pasar, tiempo después intentó comprender lo sucedido y hacer las paces. ¿Y qué mejor manera de comprender a los otros que escribiendo, intentando hablar por y desde ellos, escuchándolos?

"La literatura te introduce en la vida privada de las cosas", asegura Oz, "en sus secretos, y entonces es mucho más difícil odiar".

Jana es una mujer diligente, atenta, alguien que nunca pierde los estribos. Pero desea permanecer enferma, alejada, fantasear. Mientras tanto, y como un escenario de fondo que pasa ante sus ojos cargados de imágenes angustiosas, una guerra feroz azota a Europa; Israel se independiza de los británicos; Jerusalén se va transformando en una ciudad cosmopolita.

Al final de la lectura, con todo y las profundas introspecciones del personaje, una se pregunta lo mismo que al terminar de leer "La Campana de Cristal" de Sylvia Plath, o los poemas de Alejandra Pizarnik, o el "Orlando" de Virginia Wolf: ¿Qué fue exactamente lo que llevó a esta mujer al suicidio?

En el caso de la novela de Amos Oz, el que escribe también se lo pregunta. Tal como hacemos nosotros, intenta comprender.

"¿Cómo pudieron dos muy buenas personas, hombre y mujer que se quieren, amables, considerados, civilizados, cómo pudieron producir una tragedia como la que se dio en mi casa, en mi familia?", cuestiona el autor.

Inmediatamente después confiesa: "No tengo la respuesta".

Como todo gran creador, Amos Oz no hace otra cosa que inquietarnos al tejer una delicada red en torno al misterio, su misterio personal que esconde el gran misterio de lo humano, aun sabiendo que el centro de ese secreto permanecerá ajeno, inaccesible.

sábado, mayo 24

Sólo mentiras


Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey.

Esta semana leí una novela de Juan José Millás y la lectura desembocó en una serie de reflexiones. Se desdobló, desbordó, desparramó.

Se llama "Dos Mujeres en Praga" y ganó el Premio Primavera de Novela 2002. Tomando en cuenta mi experiencia con textos que han obtenido premios importantes últimamente, no esperaba gran cosa. Pero la novela de Millás me sorprendió por su facilidad de abrirse a la imaginación.

Hablar del argumento no es fácil. Todo el mundo en el libro cuenta lo que se le pega la gana y nunca se sabe dónde está la verdad.

Los personajes inventan barbaridad y media acerca de ellos mismos y las mentiras se van enredando. El resultado es una historia bastante compleja sobre gente que se inventa historias. Paradójicamente, el autor logra contar cómo es contar, escribe algo cierto.

Luz Acaso contrata a un escritor para que narre su biografía, que inventa al vuelo. María José quiere escribir con la mano izquierda una historia real (a los lectores les interesa la realidad, asegura) y para ello se tapa el ojo derecho y se convierte en zurda. Álvaro Abril anda buscando un buen argumento de novela y viene a caer con el par de mentirosas.

Los personajes desean contar algo de ellos, igualito que nosotros. E inventan la mitad, justo como nosotros, cada vez que nos da por hablar de nuestras vidas. Acomodan los hechos o los modifican, los ven desde cierto ángulo y terminan creyendo que eso fue lo que sucedió "en realidad".

La reflexión más inmediata es muy simple: al contar nuestra vida (traducir a palabras nuestras experiencias, algo que resulta, obviamente, imposible), la inventamos. ¿Para qué la contamos, entonces? He ahí el deseo de estar con los otros y compartir. Comunicarnos.

Otra idea que se me viene a la cabeza: al no estar seguros de nada, construir historias nos ayuda a manejar la angustia. ¿Qué sería de nosotros si no viéramos el pasado como una carretera que conduce al sitio desde el que hablamos?

Pero los personajes de Millás no se conforman con poco y es justo eso lo que los hace entrañables. Desean agrandar sus vidas y para ello las aderezan con detalles absurdos o irreales. Entonces, mágicamente, empiezan a crecer plantas en el desierto de su cotidianeidad.

En la defensa que hace André Gide de Óscar Wilde ("Óscar Wilde", Fontamara, 1999) el poeta narra su encuentro en París, en 1891. Hay que recordar que en ese momento Gide era un joven escritor desconocido, mientras Wilde gozaba ya de una tremenda fama como dramaturgo y, principalmente, como excéntrico personaje de la obra teatral en que había convertido su vida.

Después de la cena, Wilde le preguntó a Gide por lo que había hecho el día anterior. El joven poeta le hizo una relación de sus actividades. "¿Y es verdad lo que dice?", preguntó Wilde al final. Gide le respondió que sí. "Entonces", cuestionó, "¿para qué decirlo?".

"Debe usted comprender que hay dos mundos", explicó Wilde, "aquél que es sin que se hable de él, y que es propiamente el mundo real, y del que no hay necesidad de hablar para verlo. El otro, es el mundo del arte: es del que debemos hablar, porque de otro modo no existiría".

Le dijo, además, que sus labios no le gustaban.

"Quiero enseñarle a mentir para que sus labios se vuelvan hermosos y torcidos como los de una máscara antigua".

Lo que yo agregaría a la anécdota de Gide en este momento lo deja claro Millás en su novela: que cada vez que abrimos la boca, inventamos; que no podemos no mentir cuando hablamos de nuestras vidas; que siempre estamos construyendo el pasado.

De haber vivido a principios del siglo 21 (cuando los hechos de la historia son tomados como lo que son: la narrativa de un punto de vista; cuando lo que sabemos del pasado es sólo que alguien cuenta o contó ciertos eventos, independientemente de su veracidad tan relativa), quizá Wilde hubiera señalado que lo contado por Gide no había sucedido así "en realidad", y a partir de ello era posible transformarlo en arte.

En el fondo, ése fue su comentario. Y es válido para cualquier época.

Volviendo a la novela de Millás y siguiendo con el mundo del siglo 21, quizá no hay mejor manera de reivindicar a la literatura como arte que desnudándola. Mostrar su imposibilidad de traducir lo intraducible, su capacidad de crear otras realidades.

Wilde hizo de la mentira y la falsedad una estética. Su empeño por contar lo que no es cierto es un antecedente de autores que, como Millás, cuestionan la veracidad de lo que decimos; su valor, digamos, documental. De lo otro están invadidas las librerías actualmente.

sábado, mayo 10

El pozo, la lectura, la búsqueda

Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte de Monterrey.

¿Por qué es tan importante leer?, nos preguntamos al enterarnos de las discusiones sobre la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, vetada por Vicente Fox hace un par de años y recientemente aprobada por el Senado.

Más allá de lugares comunes que a nadie conmueven (decir que "la lectura abre horizontes" y ese tipo de frases huecas), o de los intereses políticos y económicos relacionados con la nueva Ley, está la sospecha de que leer nos ayuda a dar significado a las cosas: saber dónde estamos, qué queremos, para dónde vamos. Aclarar nuestro mapa.

"Usted se encuentra aquí", dice el plano del centro comercial. Y al observar la equis nos situamos. Entendemos qué camino debemos tomar para llegar al cine, al café o a la librería. La otra opción es preguntar a cualquier desconocido y arriesgarnos a que proporcione señas equivocadas.

He ahí una de las ventajas de la lectura: dibuja una enorme equis en nuestro plano personal. El banco a la derecha, el cine a la izquierda. Entonces sí, a movernos hacia alguna parte.

Hay dos novelas sobre la lectura que me encantan. En "El Pájaro que da Cuerda al Mundo", de Haruki Murakami, el protagonista sufre dos pérdidas. Primero se le desaparece su gato. Enseguida, su esposa.

Tomando en cuenta que en el centro comercial de su vida no hay planos, encontrar a su esposa (y a su gato) exige aclarar el mapa. Debe entender dónde está situado él mismo. Entonces, y sólo para empezar, se pone a recorrer los callejones traseros de su barrio.

¿Cómo es el mundo?, ¿qué pasillo toma para buscar a la esposa y el gato? Los signos han estado siempre ahí, pero él jamás se ha detenido siquiera a observarlos. Ha llegado el momento de dar sentido a las cosas. Las suyas. Es por eso que empieza a leer. El calor en el cuerpo. El brillo del sol. Los botes de basura y las paredes traseras de las casas. ¿Cómo se interpreta todo eso?

Los detectivees de las novelas no hacen otra cosa que leer signos. Son lectores modelo. Saben leer entre líneas. Decodifican. Quizá por eso al inicio de la otra novela que digo ("El Libro Negro", de Orhan Pamuk), la esposa del protagonista lee una novela de detectives. Enseguida, tal como sucede en la historia de Murakami, se esfuma.

Aun cuando en la novela de Pamuk no aparece ningún gato, estamos en lo mismo. Una joven pareja. Un personaje que no sabe o a quien no le interesa leer y, en consecuencia, anda perdido en la vida. La esposa que desaparece.

En "El Libro Negro", el joven busca pistas entre las páginas de libros raros y revistas antiguas. Es decir, anda buscando en un complejo proceso de lectura. Sabe que los signos de los libros aluden al mundo e intenta establecer las relaciones. Nos lleva a través de anécdotas, detalles, reflexiones que intentan entender la desaparición y aparición de las cosas.

Hay algo interesante: los personajes de ambas novelas se topan con un pozo y se meten dentro. La lectura los lleva a dibujar el plano de su mundo y, al encontrar la equis que indica el lugar en el que están parados, se introducen en ella.

En Pamuk, el pozo está entre los edificios de la ciudad. Al ver el cielo entre ellos, lo que ve es la boca de una noria. Ha vivido en el fondo y ni cuenta se había dado. En Murakami, se trata de una noria común y representa al cuerpo. Ese misterio. El más grande.

Cuando está en el fondo, apartado del mundo que es apenas un pequeñísimo círculo de luz allá arriba, el protagonista de Murakami descubre un pasaje que abre a otro sitio. Y sospecha que es ahí donde puede encontrar respuestas, que al mover hilos en ese otro lugar, el mundo de afuera se transformará. Muy metafórico.

Tenemos entonces que, mientras el personaje de Pamuk está metido en el pozo de la ciudad, leyendo libros para encontrar el pasaje que lo lleve a su esposa, el de Murakami está metido en una noria, leyendo su interior con el fin de encontrar lo mismo: una puerta hacia la comprensión de su deseo, de sus cosas.

Otra similitud: después de abismarse en sí mismos para realizar la lectura de sus mundos y elaborar sus mapas, ambos personajes salen a la superficie sintiendo que han experimentado la aventura más grande, aunque en la realidad, en los hechos del mundo, no hicieron nada en absoluto. ¿O sí?, ¿será que en el momento en que interpretamos (leemos) empezamos a mover los hilos de la realidad?

Acá, afuera, la gente legisla, protesta, envía mails a favor y en contra, decide o se queja de la nueva ley a partir de argumentos políticos, económicos o basados en la pertenencia a un grupo ideológico.

Más que atender al proceso y las ventajas reales de la lectura (lo que aclararía, entre otras cosas, la forma adecuada de legislar para fomentarla), la discusión pública parece centrarse en los intereses económicos de la industria editorial, que es sólo una parte del asunto. Así son las cosas cuando no nos detenemos a leer, limitándonos a actuar acá, sin mapas, en el mundo.

sábado, abril 26

Monstruos

Publicado en la columna Literespacio, sección Vida, periódico El Norte, de Monterrey.

Tengo en mis manos la impresión en láser del nuevo libro de Joaquín Hurtado. "Los Privilegios del Monstruo". Ediciones Intempestivas. Año de nuestro Señor del 2008. Es una carpeta anaranjada. Son hojas blancas. Impecables. Un buen número de palabras impresas en tinta negra. 15 cuentos en el interior y uno más en la contraportada. Ilustraciones de Livier Fernández. Cuidado de edición de Héctor Alvarado. 250 ejemplares.

Empiezo por la portada, la contraportada y los epígrafes. Lo que dice la portada es muy conocido: título, autor, etcétera. En la contraportada hay un cuento breve, impecable, que previene al lector acerca del tono del libro. Se titula: "Post scriptum".

Lo importante para el personaje (narrador en primera persona) es cómo y con qué se van los militares de fiesta. Las matazones que resultan de tales eventos son lo de menos. En otras palabras, lo que cuenta el autor no coincide con lo que dice el narrador. El autor quiere mostrar a los asesinos. Al narrador le interesan las sustancias embriagantes y los químicos.

El epígrafe es de Carlos Pellicer, que a su vez parafrasea una línea del Zaratustra de Nietzsche. Pellicer dice: "Ver la luz en la sombra, / cuánta belleza". Zaratustra dice: "La noche es también un sol". Joaquín Hurtado parece decir: "Les voy a contar lo que hay en la sombra, a ustedes les corresponde buscar aquello que oculta".

Hay otro epígrafe, del autor. Dice: "El secreto: abrirme las tripas con pocas palabras para contar todo lo necesario para dar un solo golpe, uno solo. Demoledor".

Enseguida vienen los cuentos. 15 en total. Después de leerlos llego a la siguiente conclusión: los textos que cumplen de manera cabal con lo prometido en los epígrafes son siete (número cabalístico), más el pequeño texto de la contraportada. Todos ellos son excelentes, narran algo que no está bajo la luz de lo aparentemente importante, sino en la sombra, y desarman al lector de manera precisa: un solo golpe demoledor.

Un secuestrador acude a una cita con el padre del niño secuestrado, mientras por el celular discute con su pareja acerca de la organización de su fiesta de cumpleaños. Sangre, muerte, todo eso ocurre de pasada. Otro se trabaja a una secretaria para entregarla al jefe. Otro más se deshace de un periodista que descubrió una cochinada. Un taxista le consigue jovencitos a un tipo poderoso. Un pandillero mata y pasa el video del evento por celular, para diversión de sus amigos.

Los personajes hablan en primera persona. Dicen las historias desde su mundo, su lengua. Sus prioridades, satisfacciones (ante el trabajo bien hecho, por ejemplo) y sus códigos morales se circunscriben a su pequeño círculo. Los actos son producto de esos espacios cerrados, singulares, compartidos.

El resto de los cuentos está bien escrito, pero la realidad en que se mueven no es tan singular. La participación en una orgía, por ejemplo, o las relaciones sexuales en las que una pareja copula con todo tipo de invitados. Esto se viene escribiendo, leyendo, analizando, desde hace siglos.

Lo verdaderamente impactante (desde mi lectura, claro) es ese otro mundo en el que los personajes han creado sus mundos, sus leyes. Mundos en los que disponer de la vida de otro es una banalidad.

Si los perversos son los humanos más humanos que existen, si el que mata por placer (un personaje de Sade, por ejemplo) es un ser ansioso de orgasmos cuya conducta es previsible, ¿qué pasa con el que mata como actividad cotidiana, el que ni goza ni sufre al asesinar sino que, acaso, se siente satisfecho por haber realizado bien su trabajo?

Los personajes de estos cuentos de Joaquín (alrededor de siete), efectivamente, con maestría, se desnudan al hablar y muestran algo dificilísimo de entender: detrás de sus actos no hay placer, sino indiferencia.

Tradicionalmente hablando, los monstruos en la historia de la literatura hacen el mal a sabiendas, son torturadores y asesinos que ponen una fuerte carga de significación a sus actos. Este otro tipo de villanos, los de Joaquín, son gente sin chiste, sin grandes cosas en la cabeza. Del montón.

Además de lo anterior, y del excelente manejo del lenguaje, el autor no emite juicios. No se acomoda del lado de las víctimas. No condena. Nada de lloriqueos ni de auras de santidad. ¿Dónde se coloca entonces el lector en su intento de salvarse?

"Goza", parecen decir los personajes de Sade, "goza hasta morir, hasta matar". ¿Y si el personaje no goza?, ¿qué pasa cuando no disfruta de sus actos malvados y todo le da lo mismo?

Esta pregunta que me hago después de la lectura, una pregunta tan difícil de responder, es el motivo por el cual algunos cuentos del nuevo libro de Joaquín ("El Cumpleaños del Gato", "El Licgarcía", "El Zombie", "El Cagatintas" o "Jaguar Azul Plateado", entre otros) me parecen extraordinarios.

El libro está a la venta en la librería de Conarte y en la dirección: half.projects@gmail.com.

lunes, abril 21

Entrega

Nueva entrega de la publicación literaria "El collar de la paloma" en la red.

Para visitarla, pulsa AQUÍ

sábado, abril 12

Violencia que se dice



Publicado en la columna Literespacio, sección Arte, periódico El Norte, de Monterrey.

Asesinatos, sangre, muertos, mutilación, hombres castrados. En "La Muerte Me Da" (Tusquets, 2007), la más reciente publicación de Cristina Rivera Garza, la violencia se convierte en metáfora del acto de escribir.

Echando mano del diario y los poemas de Alejandra Pizarnik, y de los comentarios de María Negroni sobre ellos, la autora se instala en un tipo de escritura que habla de la escritura misma y donde el deseo de la prosa concreta, precisa, ajena, resulta inalcanzable.

Si para la Pizarnik la prosa es una casa imposible donde resguardarse de la propia disociación, de la fragmentación, del desorden; si Negroni considera que escribir así es "inscribir algún signo sobre la superficie de un cuerpo desmembrado", Rivera Garza anuncia el asesinato, muestra el cuerpo destrozado y se dispone, junto con nosotros, a buscar al culpable.

El resultado es un discurso autorreferencial: la escritura como espejo que se observa a sí misma. "En un campo", dice Rivera Garza, citando a Pizarnik, "y con la ayuda de dos espejos, enterré un rayo de sol en la tierra".

Si, en Pizarnik, los dos espejos (reflexión de la escritura) dan por resultado la construcción del lenguaje como refugio (un rayo de sol entra a la tierra), en Rivera Garza la metáfora es una cuchillada: la luz (mirada) entra al cuerpo (del texto) a través del orificio provocado por el arma (deseo de saber) que lo mata. ¿Quién es el culpable?

Tal como veníamos advirtiendo desde "La Cresta de Ilión" y "Lo Anterior", Rivera Garza parece rebelarse contra la linealidad de la anécdota e intenta lo imposible: la no historia. Acaso crear una forma capaz de acoger cierta idea que no está, como sucede en la producción de César Aira, tan cercana a la plástica.

Como en sus novelas anteriores, el narrador de "La muerte..." es hombre y mujer por igual, la "voz de un sujeto disociado". Esa voz es a la vez periodista, detective, ayudante, profesora de universidad. Es todas(os) y ninguna(o). Es simplemente una voz, lenguaje.

La escritura se convierte entonces en "una zona cerrada por un círculo". El texto escrito no refleja la realidad, sino que se refleja a sí mismo, construye su propia realidad.



El lenguaje allá, en el texto, referido a sí mismo, se transforma en casa. Algo que no habla de lo humano, que no se refiere a lo humano, pero es capaz de contenerlo. Un refugio.

Como sucedió con el lenguaje de la plástica a principios del siglo 20, los signos de esta escritura se niegan a decir el mundo. Se independizan.

El dolor aquí pertenece sólo al creador (Pizarnik, la terrible angustia que la llevó al suicidio), pero no aparece en el lenguaje, que es diferente, otra cosa, algo que resguarda, precisamente, del dolor.

Sin embargo, Pizarnik nunca escribió esa prosa de belleza imposible. No creyó haberlo hecho y, si lo hizo, no le sirvió de habitación. Tuvo que abandonar el juego y resguardarse en la muerte, la verdadera, irrevocable.

En cuanto a Rivera Garza, en su texto le da vueltas y vueltas a lo mismo: la muerte, el asesinato, el deseo de lo ajeno (un pene, un objeto cerrado en la zona cerrada del sexo, del lenguaje). Basta leer las primeras páginas del libro para entender que andaremos en círculos y nunca daremos con lo que se busca: "No tienes derecho a saber nada de los muertos", dice.

Lo que aparentemente hace Rivera Garza es intentar borrar el contenido (la anécdota lineal, lo autobiográfico, las emociones) para develar el contenedor. "¿Para qué sirve una taza?", dice al final, cuando la ha mostrado desde todos los ángulos posibles.

Desde mi punto de vista, el riesgo de este libro (se lo dije a un amigo la noche del miércoles) es el que señala Steiner cuando habla de los poetas dadaístas, quienes a principios del siglo 20 intentaron crear textos que fueran una pura "taza", un contenedor: "Los productos fueron unas trivialidades más o menos incomprensibles", dice Steiner. Y agrega: "¿En qué sentido han sido inventadas [esas] metáforas, y para quién?"

"Estoy de acuerdo", dijo mi amigo el miércoles, "pero toma en cuenta que los dadaístas fundaron el arte contemporáneo".

¿Cuál es el sentido de violentar las estructuras textuales mediante enunciados y metáforas que aluden a esa misma violencia fría, dicha, alejada del espectador, quien se limita a observar su estética como si se tratara de un cuadro?, ¿estamos ante un hallazgo o ante una "trivialidad más o menos comprensible"? Leamos.

sábado, marzo 29

Viajes



LITERESPACIO / Viajes
Dulce María González
EL NORTE
29 Mar. 08

Siempre me ha llamado la atención el espacio de las vacaciones. Una grieta se abre en la rutina y enseguida caemos a una tierra extraña. El tiempo se dilata, provocando que los objetos cambien y nuestros espacios muestren detalles inadvertidos.

Los espacios fuera de la rutina son comunes en la literatura y el arte, quizá porque es en ellos donde el humano se enfrenta a su soledad, a su fragilidad, a sus deseos y temores.

Un viaje revelador o una noche de espanto. "El Cielo Protector" de Paul Bowles y el de Bernardo Bertolucci, el "Divorcio en Buda" de Sándor Márai, "La Noche y los Viajeros de la Noche" de Banana Yoshimoto.

En un afán de andar en armonía con los espacios fuera del mundo, estas vacaciones leí un pequeño libro, mezcla de novela corta y relato de viaje, de Michel Houellebecq y vi una película de Andrei Tarkovski que tenía pendiente.

Un viaje a la desolación, el primero, y una noche absolutamente desolada, la segunda. Ambos muy de acuerdo con la atmósfera de la Semana Santa, para quienes aún la viven como el recordatorio de una muerte cósmica, aterradora, fenomenal.

"Sacrificio" (1986), de Tarkovski, es una película difícil de abordar. El mismo realizador se quejaba de que vieran en ella una serie de símbolos a descifrar. Deseaba que el espectador la experimentara, en lugar de interpretarla; o que la contemplara como si fuera un paisaje.

Curiosamente, es posible abordarla desde los tres ángulos: como un poema, como un paisaje de belleza increíble y, dado su barroquismo cargado de simbología religiosa, como un retablo en movimiento que se abre a múltiples interpretaciones.

La experiencia personal e íntima de un hombre que se enfrenta al fin del mundo (por motivos de una guerra nuclear) durante el transcurso de una noche. El terror. El encuentro con una mujer llamada María. El sacrificio como regalo de salvación.

Desde mi punto de vista, todo en "Sacrificio" sugiere, no una nueva lectura de la simbología cristiana, sino una profundamente interior. No se resignifica, sino que se significa desde la historia personal, que nos recuerda que toda vida humana es inmensa, profunda, cósmica.

Si agregamos que Tarkovski murió de cáncer unos meses después de terminarlo, el filme adquiere una dimensión especial. El sacrificio se convierte en algo trascendente, un regalo en la frontera que la misma película muestra al situarse entre lo finito y lo infinito, lo que es y, al mismo tiempo, está a punto de sumirse en algo más grande e incomprensible.

Uno de los elementos más impactantes del filme de Tarkovski es, precisamente, el manejo del espacio. La casa donde vive la familia está situada en un amplísimo espacio vacío. Dentro de ella, los límites entre las diferentes estancias son imprecisos, ya que cambian mínimamente de un ángulo a otro, lo cual provoca que los objetos se muestren extraños, como si de pronto dejaran entrever algo más.

Todo en "Sacrificio" nos lleva a la experiencia en el límite, en la intersección: las tomas larguísimas, el enrarecido manejo del tiempo, las citas bíblicas.

Inmediatamente después de ver la película, leí "Lanzarote" (2000), de Michel Houellebecq, un relato situado en la frontera del milenio, y de nuevo llamó mi atención el asunto del espacio y el tiempo.

El narrador de la historia de Houellebecq viaja hacia Lanzarote, en las Canarias, en un espacio de frontera temporal (el año 2000), y se encuentra con un panorama desolado.

La isla, devastada por la actividad volcánica de 300 años atrás, ofrece un horizonte vacío, un espacio dominado por piedras y guijarros, formaciones caprichosas de montañas y valles en donde no crece una sola planta ni se observa forma alguna de vida.

Contrario a la película de Tarkovski, en el relato de Houellebecq hay una enorme distancia entre el espacio desolado y el alma del observador. A través de un discurso irónico, en ocasiones sarcástico, el narrador se asoma al abismo con desinterés y sin esperanza.

Este tipo de narración desapegada nos lleva a pensar en la objetividad de un ente que es pura mirada, puro instrumento de registro. Es decir, una cámara. Con el detalle de que las tomas nunca son subjetivas. Como si se oprimiera el obturador sin ninguna intención reflexiva o de interpretación.

En "Lanzarote", lejos de abrazar la simbología cristiana en pos de la salvación, el personaje que se encuentra en el límite de la desolación (un compañero de viaje del narrador), abraza la fe de los raelistas ("azraelianos" en el relato), una secta de origen norteamericano que apoya la clonación de seres humanos y cuyos seguidores creen que la humanidad desciende de extraterrestres.

En lugar de quemar su casa (con todo lo que ello implica), como sucede en "Sacrificio", el personaje de Houellebecq la vende y dona ese dinero a la secta. Y en vez de salvar al mundo, va a parar a la cárcel acusado de pederastia, práctica común entre los raelistas.

En ambos casos, el espacio inmenso, inabarcable, sobrecogedor, nos enfrenta al vacío de la muerte. El lugar sin lugar, el espacio sin límites. Paradójicamente, la experiencia nos remite a la vida. Limitada y finita. Espaciada. Irrepetible.

sábado, marzo 15

Esta historia


LITERESPACIO / Esta Historia
Dulce María González
EL NORTE
15 Mar. 08

Si no fuera por las máquinas, nuestra especie, que nunca fue más rápida que los caballos ni posee alas, jamás habría tenido las actuales posibilidades de desplazamiento.

Nuestro cuerpo se eleva, colocándose a muchos metros sobre el piso cuando tomamos un elevador; se desliza a tremenda velocidad cuando viajamos por la carretera o en avión. Paradójicamente, nunca como en esta época habían existido humanos que pudieran hacer toda una vida afectiva, laboral y social sin salir de su cuarto.

Resulta difícil imaginar el mundo anterior a todo esto. El de los buzones y las cartas de papel, los desplazamientos a pie o a caballo, el de los humanos que permanecían en su lugar de origen hasta la muerte.

En "Esta Historia" (Anagrama, 2005), Alessandro Baricco narra la época de transformaciones de la primera mitad del siglo 20. Un granjero italiano vende sus vacas y abre un taller mecánico en un momento en que difícilmente se ve pasar un automóvil por la carretera.

A partir de ahí, se cuenta la historia del hijo, a través de cuyos ojos vemos los primeros automóviles del mundo, las primeras motocicletas, los primeros aviones, las primeras películas, el derramamiento de sangre de las guerras que acompañó a dichos inventos. Curiosamente, el personaje se llama Último.

La novela es un deslumbrante despliegue de técnica. Los diferentes narradores cuentan historias que les incumben de cerca, a través de las cuales nos enteramos de soslayo, casi por casualidad, de la historia de Último.

El padre de un compañero de guerra del protagonista intenta lavar la memoria de su hijo, fusilado por traición; una rusa burguesa que huyó de la Revolución Bolchevique habla de la estancia en América de Último a través de su diario. Y cuando nos topamos con un narrador tradicional, éste parece también interesado en contar otra cosa.

Además de los diferentes ángulos desde los que vemos actuar a Último en segundo plano, encontramos en "Esta Historia" una variedad de registros: un diario, un libro de memorias, el discurso fragmentado y repetitivo de un discapacitado.

Todo ello provoca que el lector vaya descubriendo, en los pequeños detalles y los diferentes puntos de vista, las novedades de un mundo del pasado que de pronto pareciera nuevo, asombroso o perturbador.

Es entonces cuando caemos en la cuenta de las máquinas que nos rodean, de la velocidad a la que nos desplazamos, de la manera en que nos comunicamos a distancia y de los horrores de la guerra, que deja de ser un espectáculo ficticio en la pantalla de la televisión.

Lo anterior, en medio de una gran tensión dramática que nos provoca leer sin descanso en espera de que alguien, por azar, nos dé noticias del protagonista. Una estrategia brillante que nos coloca ante una serie de documentos circunstanciales o testigos que tienen sus propios problemas y a quienes no les interesa gran cosa decirnos aquello que, ansiosamente, deseamos saber.

A diferencia de novelas de la primera mitad del siglo 20 como "Manhattan Transfer", de John Dos Passos, "La Colmena", de Camilo José Cela o "La Región Más Transparente", de Carlos Fuentes, en las que un narrador cuenta múltiples historias personales que, juntas, van dando cuerpo a un personaje colectivo llamado Nueva York, Madrid o Ciudad de México, "Esta Historia" cuenta múltiples anécdotas que, juntas, van profundizando en el alma de un solo ser humano, un destino individual que, sin embargo, representa a la multitud.

En la novela de Baricco hay ríos de gente observando una carrera de autos, mares de soldados caminando sin rumbo después de la derrota. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con las novelas de Dos Passos, Cela o Fuentes, el lector de Baricco anda siempre intentando localizar a uno entre la muchedumbre.

Después de que la narrativa reaccionó a las novelas de análisis psicológico de, por ejemplo, Stefan Zweig, Dostoievsky o Stendhal, y gracias a ello aparecieron las objetuales al estilo Robbe-Grillet o Duras, las multitudinarias de Fuentes y Cela, las fantásticas de García Márquez o Calvino, o las intelectuales tipo Borges o Pitol, pareciera que la literatura contemporánea ha retomado el tratamiento poético del lenguaje y el viejo detalle de la subjetividad.

Era de esperarse este nuevo viraje de autores que, como Baricco, Murakami, Auster, Wei Hui o Coetzee, nos acercan de nuevo al alma individual y al destino de quienes, alejados del protagonismo, experimentan en carne propia los cambios históricos, incapaces de escapar a su atmósfera inmóvil, veloz o sanguinaria.

martes, marzo 11

Otro más

"Elogio del otro", del Colectivo Proserpina (Slam Poetry, Primavera de los poetas, etc.)

lunes, marzo 10

Y para recibir la primavera...

dos nuevos proyectos interdisciplinarios en la red:

Frente de resistencia humana y animal ante el espacio tomado, del artísta plástico Oswaldo Ruiz.

Junio es nuestro, de la poeta Citlalli Xochitiotzin.

Saluti.