Mostrando las entradas con la etiqueta columna. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta columna. Mostrar todas las entradas

sábado, septiembre 14

Relaciones difíciles


Con voz profunda, intensa, oscurecida, Guadalupe Nettel (México, 1973) narra su infancia y adolescencia en El Cuerpo en que Nací (Anagrama, 2011), un libro que me había resistido a leer debido a mi mala experiencia con El Huésped (Anagrama, 2006), que más que una primera novela genial, como la promocionaron, es un conjunto de hilitos sueltos que, aunque muy originales, no encajan uno con el otro y provocan una sensación de obra inacabada y caótica.
 
Sin embargo, el año pasado ganó en España el Premio Rivera del Duero, fue muy comentada en diarios de por allá, y me picó la curiosidad enterarme de qué había pasado con esa escritora mexicana que tantas ganas tenía de sorprender con las historias efectistas y sacadas de la manga de El Huésped.
 
Me topé con un largo texto autobiográfico cuya característica es la honestidad. El ejercicio instrospectivo con el que Nettel aborda su infancia tan amarga, además de sincero y bien escrito, resulta denso. Pero esta espacie de oscuridad un tanto depresiva no aleja al lector, sino que lo acerca aún más y le provoca reflexionar acerca de su mundo interno y sus propios traumas.
 
Resulta que hay en este texto un claro reclamo hacia la madre. Más allá de los evidentes esfuerzos que hace la autora para lidiar, por medio de la escritura, con los problemas físicos y de salud que determinaron su vínculo consigo misma y con el mundo, hay un evidente deseo de denuncia de los maltratos maternos, así como un ajuste de cuentas llevado con inteligencia al terreno literario.
 
Esto me llevó a pensar en el monumental reclamo al padre de Paul Auster en La Invención de la Soledad (1982), donde describe al papá como una persona tan fría e indiferente, que en Diario de Invierno (2012), escrito 30 años después, nos resulta difícil reconocerlo, pues hay ahora una nueva actitud de reconciliación y perdón.

 
¿Cómo cambiarán los atormentados pasajes de infancia de Nettel cuando ella misma los vea desde la perspectiva de una vida ya transcurrida? No sabemos. Lo que sí podemos afirmar es que la especie humana ha creado una arquitectura interna muy compleja e interesante.
 
Y a propósito de estructuras interesantes, desde aquí felicitamos a Antonio Craviotto por el estreno de su proyecto de escritura coreográfica "La Estación", que seguirá presentándose éste y el próximo fin de semana en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad, con funciones a las 20:00 horas.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx 
 

sábado, agosto 31

La fuerza del deseo

De entrada es importante mencionar que la narrativa de la defeña Ana Clavel (1961) le debe mucho a la novela El Camino de Santiago, de la regiomontana Patricia Laurent (1962). Cuando leo un libro de Ana Clavel, invariablemente me encuentro con ideas, pasajes, imágenes de la novela de Laurent. Esa influencia tan patente de una en la otra resulta interesante.
 
Y es que en la novela de Laurent hay una actitud por parte de la protagonista que Clavel parece tomar y, posteriormente, desarrollar al máximo. Se trata de una perspectiva que afirma la experiencia del cuerpo y sitúa a la mujer como dueña de su deseo. Las Ninfas a Veces Sonríen (Alfaguara, 2013), la más reciente publicación de Clavel, es un buen ejemplo de ello.
 
Se trata de una delicada colección de pasajes eróticos que parten de la infancia y se van moviendo a través de la vida hasta llegar a la edad adulta y en donde, a diferencia de otras autoras (Alice Munro con sus mujeres víctimas de toda clase de abusos, por ejemplo), la perspectiva es la de quien toma decisiones y, asumiendo con placer su papel de objeto de deseo, logra subvertirlo.
 
"Conocí un nuevo Paraíso", dice la protagonista después de narrar su primer encuentro erótico, "ese que comienza con ser juguete del deseo de los otros -y disfrutarlo-". Y más adelante: "Nada que ver con los episodios que le escuché contar a otras diosas en el bosque. Niñas violentadas con el vientre despanzurrado como muñecas inservibles".
 
Valiéndose de un lenguaje metafórico relacionado con la fantasía, los cuentos de hadas y la mitología, Clavel logra generar, a partir de este conjunto de pequeñas piezas cargadas de belleza profunda y poética, una fuerza tremenda, revolucionaria.
 
Capítulos que inician con frases brillantes como: "Había placer por todos lados"; afirmaciones en las que el prejuicio moral brilla por su ausencia: "El cuerpo y la piel eran una alegría rotunda"; recuerdos de infancia de gran intensidad: "Sólo estábamos sentados, uno adentro del otro. Yo recostaba la frente en su hombro para calamar tanto Paraíso.".
 
 
 
Las Ninfas a Veces Sonríen no cuenta una historia, sino que avanza como si fuera un largo poema, deslizándose de una experiencia a la próxima, en un canto a la vida que con su belleza y su fuerza logra afirmar el deseo de las mujeres, su derecho a poseer plenamente el cuerpo que le pertenece.
 
Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx 

sábado, agosto 17

Buena estrella

¿Cómo es posible que un hombre vital y alegre escriba poemas tan desesperados? Eso me pregunté cuando, después de la presentación del poemario Vidrio Molido (Mantis Editores / BookThug, 2012), del poeta y narrador regio Luis Aguilar, evento que se realizó el jueves en la Capilla Alfonsina de la UANL con comentarios de Luis Armenta Malpica y Minerva Margarita Villarreal, me puse a repasar algunos de los textos del libro.

"Nada que haya sido roto encuentra otro destino", dice el poeta ante la pérdida, y más adelante define el miedo como un "corazón que se desborda en el ocre bocal del precipicio". Sin embargo, al avanzar en la lectura advierto que esas oscuridades sólo sirven para hablar de una especie de tránsito que, acorde con los viajes de nuestra tradición (Gilgamesh, Odiseo, Telémaco), termina en un regreso cargado de sentido: "Vengo, errabundo y mudo, del asombro".

Armenta Malpica, con quien Aguilar comparte desde hace años, además de la amistad y los viajes, múltiples proyectos editoriales, dice de la poesía de Aguilar que propone "nuevos tópicos", "diferentes maneras de decir", y la define como una escritura en la que "cada gesto es un arma". Villarreal dijo que se trata de una poesía "subversiva y sediciosa" y, al referirse al trabajo editorial conjunto de los Luises, los definió como "activistas de la poesía".

En lo personal, de Aguilar me gusta cierta faceta relacionada a textos en los que se acomoda a sus anchas en lo prodigioso. Durante la presentación mencionó la importancia que tiene en su trabajo el poeta español Antonio Gamoneda, y es justamente ese costado al que me refiero: "Practico el sosiego en mi levedad flotante", apunta en las primeras páginas y lo tomo en mi lectura como una introducción a ciertos textos donde el desasosiego o la desesperación son solamente la piel que envuelve al gozo.

Hay cierta luz por debajo del hastío: "Una se cansa de hacer cosas sin decirlas, como vivir la vida (que no es una manzana)"; un hálito de calidez en las escenas más tristes: "Dejo un foco encendido / para espantar el miedo / y un trasto sucio en la cocina"; cierta dulzura en la descripción de un viejo a punto de morir: "Un hombre duerme un gato entre las piernas / y el hombre ronronea". Hay, también, el anhelo de espantar la mala suerte: "Voy a sentarme a ver el mar mientras el día se duerme, a ver si la engañosa luz (o su marea) deshace este tumulto de aguamalas".

Me pregunto si ese trasfondo a que me refiero tiene relación con el deseo de magia que, también, se vislumbra en los textos.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, agosto 3

Nuestros poetas

De la segunda entrega de la Colección Ráfagas de Poesía, editada por Conarte y Ediciones el Tucán de Virginia y presentada el pasado 31 de julio, deseaba con intensidad el libro de Carmen Alardín después de que una amiga lo llevó al café y, manejándolo con deleite, me leyó dos o tres poemas.
 
Más adelante, dos de los autores me regalaron sus libros y los puse de inmediato en mi lista de lecturas urgentes. Ahora que tengo el total de la entrega en mis manos, después de escuchar las palabras de María Belmonte, Gerardo Puertas y Minerva Margarita Villarreal, directora de la colección al lado de Víctor Manuel Mendiola, una vez sucedido este preámbulo y con los libros de la colección en abanico sobre mi mesa, no puedo evitar empezar por el primero.

 
 
Hablo de mi historia, de las palabras y textos que me marcaron cuando empezaba: "No fuimos personas comunes y corrientes. / Durante muchos años tuvimos diecinueve años", etcétera. En el principio fue el verbo, por supuesto, y ahí estaban los Jorges: Cantú y González. De Jorge Cantú dijo Minerva en la presentación que se trata de uno de nuestros poetas más altos. Estoy de acuerdo.
 
El de Jorge, junto con el de Carmen, es un libro que brilla en la colección. "Tanto andarme por las ramas / de la poesía / para que vinieras tú, de pronto / a desabrocharme la camisa, / abrirme el cinturón, / apagar la luz y las palabras, / a guiarme por el buen camino / con gestos, retrocesos, respiraciones, / balanceos, avances. // Un murmullo luego, una queja casi / y el pulso generoso de la consagración / florece..."
 
Pero lo impactante fue cuando tomé el libro y empecé a leer con distancia, es decir, haciendo a un lado el hecho de que algunos de esos poemas significaron la afirmación de la vida en mi adolescencia, el cristal detrás del cual me coloqué para ver el mundo. El resultado fue un extrañamiento que me sorprendió. Hay otro Jorge en el Jorge que fue mi maestro y amigo, hay un gran poeta.
 
"La temporada de caza ha terminado. / Nostálgico ya, por estos días, / el viejo Lord guarda su fusil. / El ojo del ciervo, último trofeo, / -¿por qué bajó hoy, precisamente / hasta el venero?- / no sale de su asombro...".
 
La inteligencia de Jorge era aguda, brillante, de ahí la ironía de los poemas que, sin embargo, avanzan hacia lo profundo guiados por su sensibilidad extrema. "Un espejo que viaja" (Conarte / El Tucán de Virginia, 2012), de Jorge Cantú de la Garza, nos brinda la oportunidad de leer a un grande entre los nuestros.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, julio 20

Jueves de reseña

Llegué a la Casa de la Cultura, que en estos días celebra su 40 aniversario, por error. Pensaba que esa tarde se presentaría un libro que me interesaba y faltaba una hora para encontrarme con unos amigos.
 
Al llegar advertí mi error, pero al observar con detenimiento me di cuenta que el destino me había colocado justo enfrente de la exposición de arte joven que antes se llamaba "Reseña de la Plástica" y ahora, simplemente, "Reseña", con ese raro vacío al final del enunciado.
 
Dejé en la pequeña barra de la recepción el café que llevaba en la mano y me dispuse a recorrer las salas. Lo primero que llamó mi atención fue lo raquítico de la muestra. El visitante recorre el espacio en 5 minutos, en los cuales observa una serie de, digamos, "ocurrencias". ¿Era esto lo que pretendía Duchamp al exponer por vez primera un artículo de producción industrial como objeto artístico?
 
Aquella idea genial de Duchamp de proponer, precisamente, una idea como experiencia estética a través de un objeto cualquiera, había significado una revolución, una apertura del arte hacia infinitas posibilidades. Sin embargo, en la exposición que yo recorría cerca de un siglo después parecía suceder lo contrario: el vacío de ideas contundentes provocaba un vacío de significación en los objetos expuestos. ¿Quién había fallado?, ¿los artistas?, ¿los curadores que fungieron como jurados?
 
Lo único que me quedaba claro es que Duchamp no era culpable de nada. Entonces, cuando ya abandonaba el lugar, advertí una pieza que había pasado por alto en mi recorrido. El nombre de la autora es Alejandrina Herrera y se trata de un collage con dibujo y acuarela cuyo título no recuerdo.
 
Lo curioso es que tengo la sensación de haberla visto antes en alguna otra exposición. Una niña dibujada a lápiz intenta comunicarse con ella misma (se trata de dos niñas que en el fondo son una sola) a través de dos botes con un cordón a manera de teléfono rústico. La idea parece muy simple.
 
Sin embargo, por medio de un trozo de acuarela pegado al dibujo, su pecho se hunde hacia un espacio muy amplio, una especie de paisaje inmenso y profundo que ella misma parece no comprender. Es una niña de 13 años con un pozo adentro, pensé. Y recordé que los seres humanos somos así, que andamos por las calles con nuestra inmensa soledad, ese otro universo abriéndose. Quizá a eso mismo había querido llegar Leo Marz, otro de los artistas reseñados, con la proyección de su video de paisajes amplísimos. No lo sé. El caso es que de pronto valió la pena el equívoco de esa tarde.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, julio 6

Un árbol maravilloso

 
En estos días de intenso calor, vientos arrachados y vanas promesas de lluvia, me puse a releer, junto a un grupo de amigos, la novela Me Llamo Rojo (Punto de Lectura, 2006), del Premio Nobel turco Orhan Pamuk.
 
Situada en el siglo 16, la historia parte del asesinato de un famoso maestro ilustrador para llevarnos a lo profundo del Imperio Otomano y el mundo del islam. Como es costumbre en este autor, nos encontramos frente a una novela negra que también es historia de amor y narración de aventuras extraordinarias. Una verdadera delicia.
 
Uno de los temas más importantes de la novela es la tensión entre Medio Oriente y Occidente, colocada en esta ocasión en el debate acerca de la representación pictórica. Así, mientras los maestros venecianos han descubierto la maravilla del retrato, basado en los rasgos faciales, en Medio Oriente se sigue representando a los personajes con base en símbolos como el tipo de vestuario o su color.
 
Este debate es ilustrado en una de las muchas historias de la novela que recupera el espíritu de Las Mil y Una Noches. Resulta que en los cafés de Estambul había la costumbre de escuchar a narradores que, después de pegar a la pared una imagen, se ponían a narrar desde ese punto de vista. En este caso, el narrador Pamuk presta su voz al narrador del café, quien a su vez presta su voz a un árbol. Y es el árbol quien narra la "Historia de la caída de mi historia como una hoja que cae del árbol".
 
Después de explicar el motivo por el cual un grupo de calígrafos e ilustradores de Persia se dispersó, el árbol explica cómo el sultán Ibrahim Mirza decidió contratar correos tártaros para hacer un libro. Cada correo se encargaba de una página y viajaba a los diferentes lugares donde se encontraban los calígrafos e ilustradores que se ocupaban para completarla.
 
"A veces el página cincuenta y nueve se encontraba con el ciento sesenta y dos en un caravasar", cuenta el árbol, pero el caso es que el correo que llevaba la hoja donde él estaba pintado fue asaltado y su imagen pasó de mano en mano, viviendo una serie indescriptible de aventuras.
 
Al final de la narración aparece el debate. El árbol comenta que si hubiera sido pintado a la manera realista de los maestros venecianos, todos los perros de Estambul lo hubieran orinado. Enseguida viene la frase maravillosa que cierra esta joya: "Yo no quiero ser un árbol, sino su significado". Hasta aquí la magia de la pequeña historia dentro de la historia. Queda súper recomendado el libro.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, junio 22

Escritura y deseo

Después de pasar los últimos días metida en un ritmo intenso de trabajo y de revisión de textos, me di la libertad de un descanso. Y el descanso consistió en la relectura gozosa de un poema que me encanta y, como dice una amiga muy querida, es capaz de llevarme siempre "a otra parte". Hablo de "El poema de Babel", contenido en Sombra para el Deseo del Sol (Vaso Roto, 2012) del poeta sirio Adonis.
 
El libro en cuestión, hermoso, con sus hojas gruesas y blancas, sus caracteres negrísimos e impecables, abre con una serie de páginas en las que se muestra la caligrafía árabe del poeta, una belleza de signos que me recordó la descripción de una joven esclava en Las Mil y una Noches: "Su vientre tiene hoyuelos llenos de sombra y colocados con tanta armonía como los caracteres árabes en el sello de un escriba copto de Egipto".
 
 
Enseguida llega un pequeño texto de Clara Janés, traductora del poemario al lado del propio Adonis, fulgurante y bello como nos tiene acostumbrados. Como sucede en el caso de su introducción a la entrevista con Antonio Gamoneda, Clara hace a un lado la academia y habla de Adonis valiéndose de un parafraseo metafórico que intenta expresar, entre otras cosas, la síntesis de oriente y occidente en su escritura: "Dice que un rayo le mostró el camino. Es un rayo que respeta el templo de Artemisa, pero el rayo se convierte en cálamo sobre las piedras de Petra".
 
A continuación llega el maravilloso "Poema de Babel" con su atmósfera ancestral, su interés de reconstruir de alguna manera la explosión de las lenguas en el origen, ese Big Bang legendario que dio lugar al habla, a la diversidad, a cierta dimensión del lenguaje que hace posible la poesía, el profundo deseo de que, como en alfombra voladora, la poesía nos lleve a esa otra parte dentro de nosotros mismos: "He ocupado un sitio entre los árboles santos / a la espera de Babel".
 
Y al lado del origen de la escritura, inevitablemente, aparece el destino humano: "¿Dónde está ahora el rey perdido? ¿Dónde está Hassan el Errante? / ¿Dónde está Abu Tammam y Al-Mutanabbi? / ¿Hacia qué ruta los ha llevado el Invisible?".

 
El lenguaje y la muerte nos determinan, dice Agamben que a su vez dice Heidegger en un libro deslumbrante de la editorial Pre-textos. Pero el poeta Adonis agrega un elemento fundamental con el que me gustaría cerrar esta reflexión: el amor como afirmación de la vida, la escritura como deseo: "Babel es materia para la muerte / y Babel es amor. / Desciende hacia mí...".
 
Publicado en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, junio 8

Angustia digital

Publicado en la sección Arte del periódico El Norte, Monterrey, Mx

Bajo el calor agobiante de los últimos días, sentarse a leer un libro es un oasis. Así sea un libro digital. Amante del papel y la tinta, de los olores y la textura de las páginas en las yemas de los dedos, durante mucho tiempo me negué a leer en superficies a las que les faltara peso y volumen, libros que no ocuparan un lugar en el espacio atiborrado y mágico de mi librero.

Los libros son cosas, me decía, artefactos concretos con sus tres dimensiones, su materialidad. Ese tipo de certezas tranquiliza, nos lleva a creer que viajamos en una nave segura, que la tierra es una especie de contenedor estable y duradero. Palabras surgidas de la inmaterialidad de los pensamientos se convierten en inscripciones sobre una superficie material. Vemos a los libros como marcas sobre las piedras, a las palabras impresas como huellas imborrables de nuestra estancia en el mundo.

La fantasía es la siguiente: nosotros somos efímeros, los libros concretos, no. De ahí la angustia que provoca pensar que el material digital desaparece de pronto y por lo tanto es incierto, casi de aire, como si la eternidad y permanencia de los libros de papel no fuera una fantasía, como si jamás hubiéramos visto cómo se hace polvo un libro antiguo.

¿Dónde están los libros que adquiero en la red? La pregunta es existencial. Sé que están en mi carpeta de artículos comprados de la tienda virtual, en mi laptop, en mi tablet y en mi teléfono celular. Pero ¿dónde están en definitiva? La ubicuidad de los libros digitales es la peor enemiga del ser y estar de las cosas en el mundo. Y la inseguridad que provoca a la gente de mi generación es lamentable.

Quieres tu música metida en cajitas, tus novelas guardadas en papel, tus películas favoritas apiladas a un lado del reproductor. El soporte material de todos esos pensamientos, sonidos, imágenes, es tu propio soporte material, casi forma parte de tu cuerpo. Y a nadie le gusta verse a sí mismo como a un fantasma.

Entonces, me pregunto, si lo concreto es para nosotros de vida o muerte, ¿por qué caemos en la trampa y adquirimos esos angustiantes artículos digitales? Más allá de la comodidad que ofrece obtener algo que deseamos con un clic, acaso muy en el fondo sabemos que, independientemente del medio del cual extraemos las ideas e imágenes que nos alimentan, leer es una experiencia efímera y, como bien dice Pessoa, hasta la lengua en la que hablamos desaparecerá.

sábado, octubre 23

Los días raros

En ocasiones la muerte nos cerca demasiado. Después de haber vivido semanas placenteras, días ruidosos y largos como un tren, noches que dejamos correr con la alegría de quien se siente inmortal, recordamos que todo eso es transitorio.

He ahí la bofetada de realidad que significó para mí el tema del Encuentro de Escritores o el libro de Clara Janés que leí y releí antes de presentarlo en la Feria. A propósito de Variables Ocultas (Vaso Roto, 2010), de la escritora y traductora española, había revisado El Lenguaje y la Muerte, de Giorgio Agamben, y El Libro Egipcio de los Muertos. Demasiada realidad para un mortal sin deseos de complicarse.

La muerte a que nos enfrenta el poemario de Janés no se relaciona con la experiencia de perder a alguien ni con el recuerdo de que moriremos. Se trata, simplemente, de la muerte. La desaparición a secas. La nada. Puertas y pasajes en el oscuro trayecto que aseguran los egipcios. Pruebas del alma en su viaje hacia las estrellas. El difícil recorrido a través de las cavidades de la ausencia y el descenso hacia las raíces del lenguaje.

¿Qué otra cosa somos, comenta Agamben siguiendo a Heidegger, sino esta conciencia de la muerte, fuertemente relacionada con el lenguaje a través del cual nos comunicamos?

Fue quizá por todas estas experiencias literarias tan intensas que la presentación del libro Ivaginaria (Ediciones Posdata, 2010), de Elia Martínez Rodarte, significó un respiro, una variación de tema significativa y brillante, aunque en el fondo era lo mismo.

Jueves por la noche en la Galería Regia. Como es mi costumbre, llego tarde, perdiéndome con ello los comentarios de Carmen Alanís. Gabriel Contreras habla de la libertad de expresión en el terreno de la moral y del sentido de la sexualidad humana.

La autora agradece el trabajo de los presentadores. Extrañamente, nadie aborda el ángulo literario de los textos de Elia, que es la parte gozosa que nos engancha a sus lectores.

Aquello estaba curiosamente lleno de vida, de gente, de firmas y abrazos.

Otra cosa rara es que tanto el poemario de Clara como el libro de Elia fueron publicados en editoriales regiomontanas. Además, las vivencias relacionadas con ambos textos se complementaban. En ocasiones la vida se pone extraña, compleja, interesante.
Publicado en El Norte

sábado, julio 17

He ahí la nostalgia

Publicado en la columna Literespacio de la sección Vida de El Norte. Monterrey, Mx

Esta semana recuperé el mundo. No precisamente el que existía antes del huracán "Alex", pero sí el de la literatura como traslado de lo cotidiano hacia el lenguaje.

Aunque fueron muchos los motivos, el momento culminante llegó cuando una amiga escritora mencionó la narración en primera persona de carácter autobiográfico.

Antes de la aparición del Facebook, esa plaza pública a la que acudimos para relacionarnos con otros en tono ligero y desde una posición en la que no hay individualidades, sino leves personalizaciones dentro de la uniformidad, la actividad de moda era escribir diarios.

Al carácter absolutamente público del Facebook le precedió la singular experiencia de la intimidad pública del blog.

No es lo mismo decir lo que estás haciendo, pensando o sintiendo a través de una frase, que mostrar públicamente la intimidad de tu diario. Esto último es ya literatura.

La narración autobiográfica, escrita en primera persona y cuyo objetivo es describir la atmósfera que envuelve un momento cotidiano, o los tonos apenas perceptibles de un estado anímico ligeramente exaltado, oscuro o luminoso, se transformaron, durante la última década, en un género más cuya publicación y difusión no pasaba por las tenebrosas carreteras del capital.

Más que nunca, escribir se convirtió en algo orgánico y la magia de lo cotidiano, que en las narraciones convencionales suele funcionar como telón de fondo, emergió a la superficie.

Los textos escritos con este fin se instalaron en la frontera entre la poesía y la prosa, entre lo público y lo privado. Fue la época gloriosa del blog.

El caso es que, mientras mi amiga hablaba de una teoría estética, yo repasaba en mi mente la trayectoria de los procesos literarios que había experimentado en los últimos años a través de la red, a la que no pude acceder normalmente durante las últimas semanas.

Al llegar a casa me fui a visitar mi antiguo vecindario bloguero, disfrutando como nunca ese viejo hábito de andar por ahí, metiéndome en los espacios íntimos de los otros y dejando mi firma en ellos.

He ahí la nostalgia de lo ordinario que, en lo personal, dejó la extraordinaria violencia del agua. Dios nos ampare en los días de la reconstrucción.

sábado, julio 3

Destrucción

Publicada en la columna Literespacio del periódico El Norte. Monterrey

No hay peor violencia que la de las fuerzas de la naturaleza ni mejor recordatorio de la fragilidad humana que un desastre natural.

Sin los medios de comunicación, que nos provocan sentirnos omnipotentes, nos transformamos en lo que somos en realidad: pequeños seres aislados, minúsculos ante el inmenso espacio sideral, y vulnerables en extremo.

Hace unos días veía en YouTube un video de un grupo de música indie. El grupo se llama The Arcade Fire Side, el nombre de la pieza es Haití y los intensos colores de las imágenes, el pintoresquismo de las calles y la gente, la alegría de una cultura brillante y encendida contrastaba con aquello que se grabó en nuestras mentes tras el terremoto que destruyó a aquel país y apagó el alma de una comunidad pobre, pero feliz, muy similar a la nuestra.

¿Pintoresquismo? En Monterrey nos sentimos de otra estirpe.

La Ciudad antes industrial y actualmente prestadora de servicios se desenvuelve con aires primermundistas y un estilo de vida cosmopolita que la aleja del resto del País, al menos en lo que a pretensiones se refiere. Sin embargo, bastan un par de días de lluvia para recuperar la humildad perdida.

De nada sirven nuestros gadgets, nuestras computadoras de última generación, nuestros flamantes carros, nuestros restaurantes de lujo, si las calles están destrozadas, los sistemas caídos, las casas inundadas.

La naturaleza es más destructora aun que el crimen organizado y suele recetarnos sus buenas dosis de realismo.

En estos días desastrosos para tantos regios, en medio del aislamiento y la parálisis general, no nos queda sino recordar que Monterrey es una Ciudad marcada por los desastres acuáticos.

Entre otras calamidades, está en nuestra historia la tragedia del Gilberto, en 1988, que marcó a mi generación, y aquella otra inundación legendaria, ocurrida en 1909, cuando la inefable fuerza de los elementos arrasó con los avances de la modernidad que Bernardo Reyes había procurado para nuestra ciudad.

Esperemos que Monterrey se recupere sin problemas de este nuevo desastre.

sábado, junio 19

dichoso el retorno

publicado en la columna literespacio. sección vida de el norte.

comienza el verano en monterrey, las actividades del semestre están por concluir y eso ayuda a que las lecturas cedan al placer de la dispersión. tengo una pila de libros sobre mi mesa de trabajo y hace un par de días empecé a avanzar en todos ellos a la vez. con delicia. de manera alternada, progresiva o en contrapunto. leer de esta manera tan holgazana es algo muy parecido a dar pequeñas mordidas a un trozo de pastel.

los diarios de enrique vila-matas, el número de aniversario de la revista de psicoanálisis me cayó el veinte, el libro sobre el goce de braunstein, los ensayos sobre la violencia de zizek, la novela de atiq rahimi que ganó el goncourt en el 2008, el intercambio epistolar entre houellebecq y lévy, un poemario de eduardo zambrano y los ensayos sobre la razón caprichosa publicados en el 2006 por el cabildo de gran canaria. todo esto a como va cayendo en las manos. ¿qué más se puede pedir?

si agregamos el mal hábito de estar siempre escribiendo, se comprenderá que no haya podido reunir una pizca de voluntad para enterarme bien a bien de la manera como un aspirante a la vocalía de literatura de conarte está intentando sacar de la jugada a un contrincante. visto desde mi apetitosa mesa de trabajo, el asunto suena a distracción enviada por el diablo o algún otro representante de la muy regiomontana neurosis.

¿a quién se le ocurrió que los escritores estamos para hacer política de tipo oficial o gastar nuestra energía en discusiones inútiles?, ¿no es demasiado hacer el juego a las instituciones, demasiada extroversión para alguien que escribe desde el exilio, precisamente, de la palabra?

vila-matas expresa lo descubierto en su actual (y obligada por motivos médicos) actitud de resistencia a las demandas del mundo: "cuando escribo en casa, me acuerdo de los días en que era muy joven, y en esa misma mesa de siempre comencé a escribir y para mí hacerlo era apartarme, detenerme, demorarme, retroceder, deshacer, resistirme precisamente a esa carrera mortal, a esa frenética velocidad general en la que después acabé viéndome involucrado".

en lo personal, me parece dudoso que colocarse en alguno de los bandos de una pugna que, de hecho, funciona como acción legitimadora de una institución gubernamental guarde alguna relación con la experiencia del libro o la resistencia del creador desde el exilio del lenguaje.

sábado, noviembre 27

Escritores regios


Últimamente he estado en el correo electrónico como quien pasa las horas filosofando en el café. Vivir entre los libros y el diálogo internético me está convirtiendo en ermitaña, pensé, y decidí tomar aire fresco: me desprendí del teclado y salí rumbo a la Galería Regia. Era miércoles y esa noche se presentaba Cuaderno de la nieve (Mantis Editores-Conarte, 2004), nuevo poemario de Guillermo Meléndez.

En la mesa de presentación, Xavier Araiza y Eduardo Zambrano hablaban de la poesía de Meléndez. Se mencionó a Sartre, a Merleau-Ponty, a Pessoa. En el poemario las referencias son interminables: Blake, Dante, Eliseo Diego, Pizarnik, Nietzsche, Safo, Miguel Hernández, Cavafis... La poesía de Guillermo Meléndez no es nada fácil; y sin embargo, con toda su ironía y sus intertextualidades, resulta muy disfrutable.

Recordé las palabras de un amigo escritor una ocasión en que conversábamos precisamente de Meléndez, del prestigio que éste se ha ganado a fuerza de trabajo, de persistencia, de haber apostado a la poesía un poco en silencio, sin pretensiones, asumiendo su oficio desde un anonimato que parecía tenerlo sin cuidado y que desapareció con los años, cuando se convirtió en un -poeta de la ciudad, alguien que, como dijo Araiza durante su presentación, habla de las calles de Monterrey, de los bares, de los rincones que de pronto descubre ante los ojos de quienes habitamos esta ciudad sin asomarnos, casi sin verla.

Alguien había dicho hace poco que el poeta de la ciudad tiene en este momento 15 años, ya que hasta ahora no ha habido nadie capaz de sintetizarla. Descalificó a nuestros poetas uno por uno, asegurando de unos cuantos que sus textos resultan -decentes, pero no poseen grandeza.

A los regios nos resulta difícil aceptar la importancia de quienes se dedican a expresar la otra parte que somos: nuestras fantasías y deseos, nuestros sueños y desencantos. Si un gran poeta es aquel capaz de establecer con el lector una comunicación íntima, alguien que hace sentir al otro que el poema es suyo, que dice sus cosas, entonces no me explico el motivo por el cual, para nosotros, los buenos escritores no se relacionan con nuestras experiencias de lectura, sino con las opiniones del Centro. Sólo por esta vía se reconoce el trabajo de un escritor regiomontano.

Cuando pienso en la relación que existe entre nuestra ciudad y la poesía de Guillermo Meléndez me viene a la mente Álvaro Mutis, los lazos profundos entre sus textos y la Ciudad de México.

Pero comparar a Mutis con uno de los nuestros es arriesgarse a hacer el ridículo si Krauze no lo ha legitimado con anterioridad.

Para los regiomontanos, el problema de nuestros poetas es que son de aquí; en consecuencia, no se puede esperar gran cosa de ellos. He aquí un buen ejemplo de baja autoestima, una típica actitud regia.


II. Los fabulosos veinte

Sucede que, no conforme, el jueves regresé a la misma galería; esta vez para escuchar la lectura de Óscar David López, poeta de 22 años. La presentadora era Gabriela Torres, narradora de la misma edad, y actual becaria del Centro de Escritores.

La seriedad se les nota a los muchachos desde el principio, pensé, el afán de profesionalismo que los distingue entre sus compañeros.

No podía evitar una sonrisa de orgullo al escuchar a la Gaby leer, con su voz fuerte y su apostura envidiable, las múltiples referencias a poetas y narradores, grupos de rock, juegos de Nintendo, programas de televisión y toda una serie de elementos con los cuales dibujó un mapa generacional como introducción a la poesía de Óscar.

¿Qué dicen ellos en su momento de arranque, cuando apenas se dirigen hacia sus propias definiciones? Óscar David inició su lectura con tres epígrafes: uno de Gerardo Denis, el siguiente de Laura León, y el último de José José. Enseguida leyó una serie de poemas de calidad desigual, pero todos ellos frescos, rebosantes de energía, de ganas de decir sus cosas. Hubo dos o tres verdaderamente hermosos.

Evoqué a los Óscar y Gaby preparatorianos, cuando Óscar no se había enfermado, ni soñaba que vendrían estos dos últimos años de hospitales; cuando Gaby era una niña tímida que apenas hablaba; cuando aún no imaginaban que alguna vez iniciarían el proyecto Harakiri, que actualmente reúne a muchos de los escritores jóvenes de nuestra ciudad.

"La generación actual de talleristas hace demasiadas concesiones con estos jóvenes", suelen decir algunos escritores que conozco, "los están chiflando". Sin embargo, apenas empezó a leer Óscar recordé el apoyo de nuestros maestros y coordinadores. ¿Qué sería de nosotros si no nos hubieran mostrado una confianza de ese tamaño?

Me vinieron a la mente los dos Jorges: Xorge Manuel González y Jorge Cantú de la Garza. Recordé también algunas opiniones de sus compañeros, idénticas a las de mis conocidos. En el caso de nuestra generación, el apoyo de éstos y de tantos otros escritores significó, más que condescendencia destructiva, un empuje fuerte, una seguridad, una manera de ayudarnos a pisar tierra firme.

Al salir esa noche de la galería caí en la cuenta de que había presenciado una especie de reseña. No era solamente la gente de las mesas en ambos eventos, o el público que en las dos ocasiones llenó la sala; era el fenómeno literario regiomontano manifestado a través de diferentes generaciones. Un proceso vivo, dinámico.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx 

sábado, noviembre 13

Dar oportunidad al amor

Para mis amigas del taller de lectura

I La mujer y el lenguaje


¿Cómo hacer para que el amor no se convierta en un campo de batalla?, ¿de qué manera alejarnos de los juegos de poder, de las dinámicas de conquista con sus vencedores y vencidos?, ¿cómo desandar la construcción cultural, evitar repetir la "historia de amor" que condiciona nuestra manera de relacionarnos?

En "El Albergue de las Mujeres Tristes" (Alfaguara 1997), Marcela Serrano despliega un racimo de historias desdichadas. Un albergue paradisiaco, a la orilla del mar, es el pretexto para unir a este puñado de mujeres en busca de la tranquilidad, a través de cuyas anécdotas la autora expone su idea de que el amor, tal como lo conocemos, ya no nos hace felices.


Llama la atención la recurrencia del tema en la narrativa escrita por mujeres. Hay una conciencia de que los viejos códigos de entendimiento han caído en desuso, y que la época actual es de transición y desajustes. Si al principio se trataba de liberarse del yugo patriarcal, ahora, cuando apenas hemos dado el primer paso, no tenemos idea de cómo relacionarnos con el otro cuando lo vemos de frente.

Todo indica que para construir algo nuevo es necesario deconstruir lo envejecido. Es por eso que constantemente, y aunque resulte chocante, me da por citar "Lo Anterior" (Tusquets, 2004), de Cristina Rivera Garza, un texto donde la autora se aboca a la empresa de escribir lo que aún no es una "historia de amor", en un intento de desandar el camino, de llegar al punto cero de la construcción. Quitar los ladrillos del gran edificio del amor es aquí un asunto de lenguaje que conduce a una serie de negaciones: no escribir una historia en absoluto, romper con la lógica narrativa, etcétera.



El resultado es una historia en pedazos, una no-historia. Quizá por eso al final de la lectura nos topamos con el Génesis. Pero en este nuevo inicio es la mujer quien se apodera del lenguaje y nombra. Su gesto es "un movimiento de pura compasión. La trayectoria de un inicio. Un intento de conversación".

¿Por qué la compasión?, me pregunté la primera vez que leí el libro, y recordé que en esta no-historia, la protagonista había rescatado a un hombre que moría de sed en el desierto, hermosa metáfora para esa parte que difícilmente vemos las mujeres: la problemática del otro, del hombre, para quien las cosas tampoco resultan sencillas actualmente.


Apropiarse del lenguaje, sin que ello implique arrebatárselo al hombre, significa entrar al mundo de lo simbólico. Dicho en otras palabras: para que la mujer participe en la construcción del mundo es necesario que nombre, que diga lo suyo, que establezca una comunicación real con el otro. Entonces cruzar los dedos y pensar que sí, que es posible otra manera de amarnos.



II Autoras regias


Durante la presentación de la antología "Versos Veraniegos" (Conarte, 2004), publicación que reúne el trabajo de las poetas regiomontanas que participaron en el ciclo de lecturas con el mismo nombre, Miguel Covarrubias dijo algo que en un primer momento me pareció desagradable, aunque más adelante tuve que concederle la razón: el libro es valioso porque aporta un documento que nos habla de la poesía regia escrita por mujeres y, también, porque señala sus preocupaciones y perspectivas.

De acuerdo con el maestro Covarrubias, la mayoría de las poetas regias incluidas en el libro escribe textos que abordan el mundo emocional, el imaginario, y que poco o nada atienden a cuestiones de carácter intelectual.

No es mi intención hacer aquí una crítica de la temática de nuestras poetas, pero sí considero importante destacar una reflexión que a todas luces nos sitúa, a quienes escribimos en esta ciudad, en la evidente repetición de la "historia de amor" de la que hablaba.

¿Desde dónde partir hacia la reflexión, ahora sí crítica, de nuestras perspectivas y nuestro lugar en el mundo?, ¿de qué manera apropiarnos del lenguaje?, ¿cómo construir ese diálogo entre iguales? O, visto desde el lado opuesto y como me preguntó uno de mis hijos anoche: "¿de qué manera se acerca uno a una chava intelectual, directa, sin misterios?".

Me viene a la mente la novela de Coral Aguirre, y con ello incurro en otra reiteración chocante. El caso es que en "Larga Distancia" (Conarte, 2004) hay una historia lineal, sí, pero se trata de un texto que habla, precisamente, del fracaso de la "historia de amor". Las mujeres de esta novela son mujeres sin misterio, dado que todo queda al desnudo al final, todo abierto. Y lo que se muestra con esta apertura radical es el vacío, la nada que queda después de romper con todas las reglas y códigos vigentes.

 
Si todo está destruido, si la hermana se acostó con el cuñado, y todas las mujeres de la novela se traicionan, y todo se viene abajo, entonces tenemos ante nosotros una historia en pedazos, una posibilidad de empezar de cero.

Alejandra, la jovencita que escapa de la casa de esas mujeres derrotadas, será acaso quien nombre el mundo. Coral Aguirre no quita un ladrillo después del otro, como hace Cristina Rivera, ella le pone una bomba a la construcción y deja que suceda la fuga, que al menos una de las mujeres escape hacia la diferencia, hacia la posible construcción de una historia inédita.

Y, sin embargo, a pesar de tanto planteamiento teórico, después de tanto hablar sobre el asunto, me pregunto si de verdad será posible hacerlo: volver a nombrar el mundo, aprender de nuevo a querernos.


Publicado en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx