sábado, agosto 31

La fuerza del deseo

De entrada es importante mencionar que la narrativa de la defeña Ana Clavel (1961) le debe mucho a la novela El Camino de Santiago, de la regiomontana Patricia Laurent (1962). Cuando leo un libro de Ana Clavel, invariablemente me encuentro con ideas, pasajes, imágenes de la novela de Laurent. Esa influencia tan patente de una en la otra resulta interesante.
 
Y es que en la novela de Laurent hay una actitud por parte de la protagonista que Clavel parece tomar y, posteriormente, desarrollar al máximo. Se trata de una perspectiva que afirma la experiencia del cuerpo y sitúa a la mujer como dueña de su deseo. Las Ninfas a Veces Sonríen (Alfaguara, 2013), la más reciente publicación de Clavel, es un buen ejemplo de ello.
 
Se trata de una delicada colección de pasajes eróticos que parten de la infancia y se van moviendo a través de la vida hasta llegar a la edad adulta y en donde, a diferencia de otras autoras (Alice Munro con sus mujeres víctimas de toda clase de abusos, por ejemplo), la perspectiva es la de quien toma decisiones y, asumiendo con placer su papel de objeto de deseo, logra subvertirlo.
 
"Conocí un nuevo Paraíso", dice la protagonista después de narrar su primer encuentro erótico, "ese que comienza con ser juguete del deseo de los otros -y disfrutarlo-". Y más adelante: "Nada que ver con los episodios que le escuché contar a otras diosas en el bosque. Niñas violentadas con el vientre despanzurrado como muñecas inservibles".
 
Valiéndose de un lenguaje metafórico relacionado con la fantasía, los cuentos de hadas y la mitología, Clavel logra generar, a partir de este conjunto de pequeñas piezas cargadas de belleza profunda y poética, una fuerza tremenda, revolucionaria.
 
Capítulos que inician con frases brillantes como: "Había placer por todos lados"; afirmaciones en las que el prejuicio moral brilla por su ausencia: "El cuerpo y la piel eran una alegría rotunda"; recuerdos de infancia de gran intensidad: "Sólo estábamos sentados, uno adentro del otro. Yo recostaba la frente en su hombro para calamar tanto Paraíso.".
 
 
 
Las Ninfas a Veces Sonríen no cuenta una historia, sino que avanza como si fuera un largo poema, deslizándose de una experiencia a la próxima, en un canto a la vida que con su belleza y su fuerza logra afirmar el deseo de las mujeres, su derecho a poseer plenamente el cuerpo que le pertenece.
 
Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx 

sábado, agosto 17

Buena estrella

¿Cómo es posible que un hombre vital y alegre escriba poemas tan desesperados? Eso me pregunté cuando, después de la presentación del poemario Vidrio Molido (Mantis Editores / BookThug, 2012), del poeta y narrador regio Luis Aguilar, evento que se realizó el jueves en la Capilla Alfonsina de la UANL con comentarios de Luis Armenta Malpica y Minerva Margarita Villarreal, me puse a repasar algunos de los textos del libro.

"Nada que haya sido roto encuentra otro destino", dice el poeta ante la pérdida, y más adelante define el miedo como un "corazón que se desborda en el ocre bocal del precipicio". Sin embargo, al avanzar en la lectura advierto que esas oscuridades sólo sirven para hablar de una especie de tránsito que, acorde con los viajes de nuestra tradición (Gilgamesh, Odiseo, Telémaco), termina en un regreso cargado de sentido: "Vengo, errabundo y mudo, del asombro".

Armenta Malpica, con quien Aguilar comparte desde hace años, además de la amistad y los viajes, múltiples proyectos editoriales, dice de la poesía de Aguilar que propone "nuevos tópicos", "diferentes maneras de decir", y la define como una escritura en la que "cada gesto es un arma". Villarreal dijo que se trata de una poesía "subversiva y sediciosa" y, al referirse al trabajo editorial conjunto de los Luises, los definió como "activistas de la poesía".

En lo personal, de Aguilar me gusta cierta faceta relacionada a textos en los que se acomoda a sus anchas en lo prodigioso. Durante la presentación mencionó la importancia que tiene en su trabajo el poeta español Antonio Gamoneda, y es justamente ese costado al que me refiero: "Practico el sosiego en mi levedad flotante", apunta en las primeras páginas y lo tomo en mi lectura como una introducción a ciertos textos donde el desasosiego o la desesperación son solamente la piel que envuelve al gozo.

Hay cierta luz por debajo del hastío: "Una se cansa de hacer cosas sin decirlas, como vivir la vida (que no es una manzana)"; un hálito de calidez en las escenas más tristes: "Dejo un foco encendido / para espantar el miedo / y un trasto sucio en la cocina"; cierta dulzura en la descripción de un viejo a punto de morir: "Un hombre duerme un gato entre las piernas / y el hombre ronronea". Hay, también, el anhelo de espantar la mala suerte: "Voy a sentarme a ver el mar mientras el día se duerme, a ver si la engañosa luz (o su marea) deshace este tumulto de aguamalas".

Me pregunto si ese trasfondo a que me refiero tiene relación con el deseo de magia que, también, se vislumbra en los textos.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, agosto 3

Nuestros poetas

De la segunda entrega de la Colección Ráfagas de Poesía, editada por Conarte y Ediciones el Tucán de Virginia y presentada el pasado 31 de julio, deseaba con intensidad el libro de Carmen Alardín después de que una amiga lo llevó al café y, manejándolo con deleite, me leyó dos o tres poemas.
 
Más adelante, dos de los autores me regalaron sus libros y los puse de inmediato en mi lista de lecturas urgentes. Ahora que tengo el total de la entrega en mis manos, después de escuchar las palabras de María Belmonte, Gerardo Puertas y Minerva Margarita Villarreal, directora de la colección al lado de Víctor Manuel Mendiola, una vez sucedido este preámbulo y con los libros de la colección en abanico sobre mi mesa, no puedo evitar empezar por el primero.

 
 
Hablo de mi historia, de las palabras y textos que me marcaron cuando empezaba: "No fuimos personas comunes y corrientes. / Durante muchos años tuvimos diecinueve años", etcétera. En el principio fue el verbo, por supuesto, y ahí estaban los Jorges: Cantú y González. De Jorge Cantú dijo Minerva en la presentación que se trata de uno de nuestros poetas más altos. Estoy de acuerdo.
 
El de Jorge, junto con el de Carmen, es un libro que brilla en la colección. "Tanto andarme por las ramas / de la poesía / para que vinieras tú, de pronto / a desabrocharme la camisa, / abrirme el cinturón, / apagar la luz y las palabras, / a guiarme por el buen camino / con gestos, retrocesos, respiraciones, / balanceos, avances. // Un murmullo luego, una queja casi / y el pulso generoso de la consagración / florece..."
 
Pero lo impactante fue cuando tomé el libro y empecé a leer con distancia, es decir, haciendo a un lado el hecho de que algunos de esos poemas significaron la afirmación de la vida en mi adolescencia, el cristal detrás del cual me coloqué para ver el mundo. El resultado fue un extrañamiento que me sorprendió. Hay otro Jorge en el Jorge que fue mi maestro y amigo, hay un gran poeta.
 
"La temporada de caza ha terminado. / Nostálgico ya, por estos días, / el viejo Lord guarda su fusil. / El ojo del ciervo, último trofeo, / -¿por qué bajó hoy, precisamente / hasta el venero?- / no sale de su asombro...".
 
La inteligencia de Jorge era aguda, brillante, de ahí la ironía de los poemas que, sin embargo, avanzan hacia lo profundo guiados por su sensibilidad extrema. "Un espejo que viaja" (Conarte / El Tucán de Virginia, 2012), de Jorge Cantú de la Garza, nos brinda la oportunidad de leer a un grande entre los nuestros.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, julio 20

Jueves de reseña

Llegué a la Casa de la Cultura, que en estos días celebra su 40 aniversario, por error. Pensaba que esa tarde se presentaría un libro que me interesaba y faltaba una hora para encontrarme con unos amigos.
 
Al llegar advertí mi error, pero al observar con detenimiento me di cuenta que el destino me había colocado justo enfrente de la exposición de arte joven que antes se llamaba "Reseña de la Plástica" y ahora, simplemente, "Reseña", con ese raro vacío al final del enunciado.
 
Dejé en la pequeña barra de la recepción el café que llevaba en la mano y me dispuse a recorrer las salas. Lo primero que llamó mi atención fue lo raquítico de la muestra. El visitante recorre el espacio en 5 minutos, en los cuales observa una serie de, digamos, "ocurrencias". ¿Era esto lo que pretendía Duchamp al exponer por vez primera un artículo de producción industrial como objeto artístico?
 
Aquella idea genial de Duchamp de proponer, precisamente, una idea como experiencia estética a través de un objeto cualquiera, había significado una revolución, una apertura del arte hacia infinitas posibilidades. Sin embargo, en la exposición que yo recorría cerca de un siglo después parecía suceder lo contrario: el vacío de ideas contundentes provocaba un vacío de significación en los objetos expuestos. ¿Quién había fallado?, ¿los artistas?, ¿los curadores que fungieron como jurados?
 
Lo único que me quedaba claro es que Duchamp no era culpable de nada. Entonces, cuando ya abandonaba el lugar, advertí una pieza que había pasado por alto en mi recorrido. El nombre de la autora es Alejandrina Herrera y se trata de un collage con dibujo y acuarela cuyo título no recuerdo.
 
Lo curioso es que tengo la sensación de haberla visto antes en alguna otra exposición. Una niña dibujada a lápiz intenta comunicarse con ella misma (se trata de dos niñas que en el fondo son una sola) a través de dos botes con un cordón a manera de teléfono rústico. La idea parece muy simple.
 
Sin embargo, por medio de un trozo de acuarela pegado al dibujo, su pecho se hunde hacia un espacio muy amplio, una especie de paisaje inmenso y profundo que ella misma parece no comprender. Es una niña de 13 años con un pozo adentro, pensé. Y recordé que los seres humanos somos así, que andamos por las calles con nuestra inmensa soledad, ese otro universo abriéndose. Quizá a eso mismo había querido llegar Leo Marz, otro de los artistas reseñados, con la proyección de su video de paisajes amplísimos. No lo sé. El caso es que de pronto valió la pena el equívoco de esa tarde.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

domingo, julio 7

Encierro

El intento de alcanzar las estrellas ha caído en desuso. Ahora todo es hacia adentro: tabletas celulares, facebook. Nos hemos empeñado en reforzar nuestro autismo cósmico.

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sábado, julio 6

Un árbol maravilloso

 
En estos días de intenso calor, vientos arrachados y vanas promesas de lluvia, me puse a releer, junto a un grupo de amigos, la novela Me Llamo Rojo (Punto de Lectura, 2006), del Premio Nobel turco Orhan Pamuk.
 
Situada en el siglo 16, la historia parte del asesinato de un famoso maestro ilustrador para llevarnos a lo profundo del Imperio Otomano y el mundo del islam. Como es costumbre en este autor, nos encontramos frente a una novela negra que también es historia de amor y narración de aventuras extraordinarias. Una verdadera delicia.
 
Uno de los temas más importantes de la novela es la tensión entre Medio Oriente y Occidente, colocada en esta ocasión en el debate acerca de la representación pictórica. Así, mientras los maestros venecianos han descubierto la maravilla del retrato, basado en los rasgos faciales, en Medio Oriente se sigue representando a los personajes con base en símbolos como el tipo de vestuario o su color.
 
Este debate es ilustrado en una de las muchas historias de la novela que recupera el espíritu de Las Mil y Una Noches. Resulta que en los cafés de Estambul había la costumbre de escuchar a narradores que, después de pegar a la pared una imagen, se ponían a narrar desde ese punto de vista. En este caso, el narrador Pamuk presta su voz al narrador del café, quien a su vez presta su voz a un árbol. Y es el árbol quien narra la "Historia de la caída de mi historia como una hoja que cae del árbol".
 
Después de explicar el motivo por el cual un grupo de calígrafos e ilustradores de Persia se dispersó, el árbol explica cómo el sultán Ibrahim Mirza decidió contratar correos tártaros para hacer un libro. Cada correo se encargaba de una página y viajaba a los diferentes lugares donde se encontraban los calígrafos e ilustradores que se ocupaban para completarla.
 
"A veces el página cincuenta y nueve se encontraba con el ciento sesenta y dos en un caravasar", cuenta el árbol, pero el caso es que el correo que llevaba la hoja donde él estaba pintado fue asaltado y su imagen pasó de mano en mano, viviendo una serie indescriptible de aventuras.
 
Al final de la narración aparece el debate. El árbol comenta que si hubiera sido pintado a la manera realista de los maestros venecianos, todos los perros de Estambul lo hubieran orinado. Enseguida viene la frase maravillosa que cierra esta joya: "Yo no quiero ser un árbol, sino su significado". Hasta aquí la magia de la pequeña historia dentro de la historia. Queda súper recomendado el libro.

Publicada en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

sábado, junio 22

Escritura y deseo

Después de pasar los últimos días metida en un ritmo intenso de trabajo y de revisión de textos, me di la libertad de un descanso. Y el descanso consistió en la relectura gozosa de un poema que me encanta y, como dice una amiga muy querida, es capaz de llevarme siempre "a otra parte". Hablo de "El poema de Babel", contenido en Sombra para el Deseo del Sol (Vaso Roto, 2012) del poeta sirio Adonis.
 
El libro en cuestión, hermoso, con sus hojas gruesas y blancas, sus caracteres negrísimos e impecables, abre con una serie de páginas en las que se muestra la caligrafía árabe del poeta, una belleza de signos que me recordó la descripción de una joven esclava en Las Mil y una Noches: "Su vientre tiene hoyuelos llenos de sombra y colocados con tanta armonía como los caracteres árabes en el sello de un escriba copto de Egipto".
 
 
Enseguida llega un pequeño texto de Clara Janés, traductora del poemario al lado del propio Adonis, fulgurante y bello como nos tiene acostumbrados. Como sucede en el caso de su introducción a la entrevista con Antonio Gamoneda, Clara hace a un lado la academia y habla de Adonis valiéndose de un parafraseo metafórico que intenta expresar, entre otras cosas, la síntesis de oriente y occidente en su escritura: "Dice que un rayo le mostró el camino. Es un rayo que respeta el templo de Artemisa, pero el rayo se convierte en cálamo sobre las piedras de Petra".
 
A continuación llega el maravilloso "Poema de Babel" con su atmósfera ancestral, su interés de reconstruir de alguna manera la explosión de las lenguas en el origen, ese Big Bang legendario que dio lugar al habla, a la diversidad, a cierta dimensión del lenguaje que hace posible la poesía, el profundo deseo de que, como en alfombra voladora, la poesía nos lleve a esa otra parte dentro de nosotros mismos: "He ocupado un sitio entre los árboles santos / a la espera de Babel".
 
Y al lado del origen de la escritura, inevitablemente, aparece el destino humano: "¿Dónde está ahora el rey perdido? ¿Dónde está Hassan el Errante? / ¿Dónde está Abu Tammam y Al-Mutanabbi? / ¿Hacia qué ruta los ha llevado el Invisible?".

 
El lenguaje y la muerte nos determinan, dice Agamben que a su vez dice Heidegger en un libro deslumbrante de la editorial Pre-textos. Pero el poeta Adonis agrega un elemento fundamental con el que me gustaría cerrar esta reflexión: el amor como afirmación de la vida, la escritura como deseo: "Babel es materia para la muerte / y Babel es amor. / Desciende hacia mí...".
 
Publicado en la sección Arte del periódico El Norte. Monterrey, Mx

martes, junio 11

Sindbad en la isla de la ballena

En mi mesa de trabajo leo, en vez de revisar manuales y tareas. Primero el periódico, después las referencias de ciertos pintores que menciona Vila Matas en su columna de hoy y cuya obra me dio por buscar en Google, enseguida, irremediablemente, mi lectura del momento: Las mil y una noches. Se trata de la Historia de Sindbad el marino, el primer viaje. Después de embarcarse en Bagdad y bajar por el río hasta Basora, se interna en el mar. La cita del inicio del viaje es una hermosa imagen en cascada:

"...navegamos durante días y noches, tocando en islas y en islas, y entrando en un mar después de otro mar, y llegando a una tierra después de otra tierra. Y en cada sitio en que desembarcábamos vendíamos unas mercancías para comprar otras..."

Finalmente desembarcan en una isla especialmente acogedora, de vegetación bellísima. Algunos de los marineros encienden fuego y se ponen a cocinar, otros lavan ropa, otros pasean o se divierten para descansar de las "fatigas marinas".

De pronto, una especie de terremoto los sacude y el capitán se pone a gritarles desde la proa, pidiéndoles que regresen al barco. La isla es en realidad una ballena y el fuego que han encendido la despertó. Algunos alcanzan a llegar al barco y otros se quedan sobre la ballena que, al hundirse, recuerda el hundimiento de un trasatlántico. El Titánic, por ejemplo. Leonardo DiCaprio en el papel de Sindbad.

También recordé el Pinoccio de Walt Disney y un comentario de Paul Auster en La invención de la soledad sobre la diferencia entre esta historia y la del Pinoccio de Collodi. En esta última, o sea, la del autor original de la historia, Pinoccio y su padre están atrapados en el interior de un tiburón que sufre de asma y del corazón y por ello tiene la boca siempre abierta. El muñeco se arma de valor, se echa a su padre a la espalda y escapa nadando. En la versión de Disney se trata de una ballena. Pinoccio hace una fogata, provocando que la ballena estornude y ellos salgan volando. Hasta aquí el comentario de Auster.

En la película "Life of Pi" el protagonista llega a una isla viviente. No recuerdo si era una ballena.

Por último, la imagen de la gente pequeñita haciendo fuego en el lomo de la ballena me trajo a la mente los Viajes de Gulliver, sin olvidar que, al menos en nuestra tradición judeocristiana, el nombre del héroe de la ballena es Jonás y su historia está registrada en la Biblia.

Regresando a Sindbad, el barco se marcha y la enorme ballena se hunde. Como DiCaprio, o más bien DiCaprio como él, Sindbad se aferra a un objeto de madera: "Me aferré primero a aquel objeto", dice, "y luego pude ponerme a horcajadas sobre él, gracias a los esfuerzos extraordinarios de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía yo a mi alma, que me era preciosísima."

El caso es que, literalmente, se le fue el barco a Sindbad... "el cual hube de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi abandono."

Hasta aquí la primera aventura de Sindbad. Volviendo al planeta tierra, tengo que ponerme a revisar manuales de inmediato.

domingo, junio 9

Palabras que nos tocan el alma


El templo está consagrado
          a los que mueren su propia muerte

Los muertos por violencia
          son echados a los ríos
                   más allá de nuestros límites

Aquí reina la serenidad
 
Poema de Elva Macías, publicado en "Imperio Móvil" FCE, 2007

Y este otro...

DIÁLOGO
(Poema dedicado por el poeta a su prima y esposa, Salmà, que murió aún joven.)

Un día me dijeron que Salmà había salido a rezar.
Un gracioso pájaro miraba desde la rama
y le pregunté: "¿Quién conoce a Salmà?".
"Yo", y se echó a volar.
"Acércate a mí."
"Aquí estoy", y bajó.
"¿Has visto a Salmà?"
"Sí", y huyó.
Me hirió en lo más íntimo del corazón
y voló.

AL-WALID IBN YAZID
(m. 744 d.C.)
POESÍA ÁRABE CLÁSICA, Mondadori, 1998.

De la colección de mi amiga C, una joya

Mal ferida va la garza
enamorada;
sola va y gritos daba.
...
A las orillas de un río
la garza tenía el nido;
ballestero la ha herido,
en el alma.
Sola va y gritos daba.

Tomado de AUTO DE INÉS PEREIRA, de Gil Vicente. Incluido en Margit Frenk Alatorre, LÍRICA ESPAÑOLA DE TIPO POPULAR, Cátedra, Madrid, 1982 (Primera edición de 1966). pp. 152-153.
Gil Vicente (1465-1536?). Poeta y primer dramaturgo portugués. En algunas de sus obras combinaba el portugués y el español.


Alejandrina multiplicada

Alejandrina se obsera como si observara a una extraña. Sentada a la mesa, escribe. No ha encnedido el aire acondicionado en un afán de sentir el calor pegajoso de la mañana en la piel, este calor apenas soportable y sin embargo real, la condición de este domingo de junio. Sabe que es un personaje observándose. La música de Sibelius aporta dramatismo a la escena que vive y escribe al unísono, como si ella misma existiera en dos planos, tres planos de realidad si contamos a la autora del diario.

sábado, junio 8

Epifanía en Martins

Llega la noche y me encuentra revisando trabajos. Ayer la película sobre el amor en tiempos del fin del mundo, los encuentros y desencuentros en esa atmósfera sin reglas, caótica. Un mundo enamorado, dice el protagonista. Hoy por la mañana mi reunión de los sábados. Los comentarios sobre uno de los poemas de la doscientos setenta y tantos entre las mil y una noches, los amigos. "Blanco sobre blanco", dice el poeta en boca de Sherezada que cuenta la historia de Docta Simpatía.

El momento mágico sucedió alrededor de las siete. Comía bisquets con Chela, bebía café, conversábamos. De pronto la tarde se iluminó. "Blanco sobre blanco". Ahí estábamos, vivas.

Angustia digital

Publicado en la sección Arte del periódico El Norte, Monterrey, Mx

Bajo el calor agobiante de los últimos días, sentarse a leer un libro es un oasis. Así sea un libro digital. Amante del papel y la tinta, de los olores y la textura de las páginas en las yemas de los dedos, durante mucho tiempo me negué a leer en superficies a las que les faltara peso y volumen, libros que no ocuparan un lugar en el espacio atiborrado y mágico de mi librero.

Los libros son cosas, me decía, artefactos concretos con sus tres dimensiones, su materialidad. Ese tipo de certezas tranquiliza, nos lleva a creer que viajamos en una nave segura, que la tierra es una especie de contenedor estable y duradero. Palabras surgidas de la inmaterialidad de los pensamientos se convierten en inscripciones sobre una superficie material. Vemos a los libros como marcas sobre las piedras, a las palabras impresas como huellas imborrables de nuestra estancia en el mundo.

La fantasía es la siguiente: nosotros somos efímeros, los libros concretos, no. De ahí la angustia que provoca pensar que el material digital desaparece de pronto y por lo tanto es incierto, casi de aire, como si la eternidad y permanencia de los libros de papel no fuera una fantasía, como si jamás hubiéramos visto cómo se hace polvo un libro antiguo.

¿Dónde están los libros que adquiero en la red? La pregunta es existencial. Sé que están en mi carpeta de artículos comprados de la tienda virtual, en mi laptop, en mi tablet y en mi teléfono celular. Pero ¿dónde están en definitiva? La ubicuidad de los libros digitales es la peor enemiga del ser y estar de las cosas en el mundo. Y la inseguridad que provoca a la gente de mi generación es lamentable.

Quieres tu música metida en cajitas, tus novelas guardadas en papel, tus películas favoritas apiladas a un lado del reproductor. El soporte material de todos esos pensamientos, sonidos, imágenes, es tu propio soporte material, casi forma parte de tu cuerpo. Y a nadie le gusta verse a sí mismo como a un fantasma.

Entonces, me pregunto, si lo concreto es para nosotros de vida o muerte, ¿por qué caemos en la trampa y adquirimos esos angustiantes artículos digitales? Más allá de la comodidad que ofrece obtener algo que deseamos con un clic, acaso muy en el fondo sabemos que, independientemente del medio del cual extraemos las ideas e imágenes que nos alimentan, leer es una experiencia efímera y, como bien dice Pessoa, hasta la lengua en la que hablamos desaparecerá.

lunes, noviembre 14

El árbol de la vida





El monumental trabajo de la memoria y la reconstrucción por medio de la imagen. El inicio de la vida de un ser humano remontándose al inicio de la vida en el planeta. La emoción puesta en el dinosaurio bebé al que se le permitió seguir con vida y que de alguna manera posibilitó el nacimiento de quienes observamos la película. El nacimiento del hermano muerto como ascendiendo en el agua, la infancia llena de pasto, de madre, de sol. Y el manejo de la luz, maravilloso, su intento de reconstruir el instante de vida tal como lo intentaron alguna vez los impresionistas. Tomas maravillosas, a ras de suelo o inmensas, galácticas. Y esa puerta hacia ninguna parte cerca del final, enmedio del pasiaje de arcilla. La soledad de la existencia. El vacío.

El árbol de la vida es una pieza de arte visual, artes plásticas que van mucho más allá de una narrativa, lo cual hace de este material un conjunto de imágenes muy cerca de la poesía, la buena poesía, la que logra llegar a lo universal y tocar el alma de quien mira/escucha. Tal como sucede en lo poético, no sabes muy bien de qué se trata el asunto, pero estás dentro de él y sabes que es parte de tu existencia. Eso que ves te pertenece, es un espacio dentro de ti mismo.

Lástima de Brad Pit y de tanta alusión barata al concepto de Dios más institucional y convencional que encontraron. Eso empobrece las imágenes, que parecieran hablar de algo mucho más grande: el enorme misterio de estar aquí, vivos. Si se hubieran evitado esas obviedades, la idea de algo o alguien más allá de lo imaginable hubiera sido arrasadora. Pero no lo hicieron y eso distrae cantidad. Hubo momentos en que la ñoñez llegó al punto de la incomodidad, con todo y la belleza del lenguaje vsual y su enorme eficacia.

Una llora a ratos, quién sabe por qué, y termina con el alma disuelta en la pantalla.

"El árbol de la vida"; Estados Unidos, 2011; Dirección del estadounidense Terrence Malick, fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki, soundtrack de belleza monumental.

sábado, agosto 27

Poesía a mitad del duelo





PUBLICADO EN LA SECCIÓN "ARTE" DEL PERIÓDICO "EL NORTE", DE MTY, MÉXICO

"Población de la máscara" (Almadía, 2010), de Francisco Hernández, es un intento de rellenar los huecos de la persona que somos, espacios vacíos de nuestro interior donde corre el viento, habitaciones que es posible colmar de objetos que, por alguna razón, hemos compartido con sus creadores hasta hacerlos propios.

Hay algo intenso en nuestro encuentro con el arte. Vamos al museo, recorremos con aprehensión una serie de piezas que no nos dicen gran cosa, y de pronto sucede: al colocarnos ante cierta imagen o tocar la superficie tibia de una pieza escultórica, el sentido del mundo se revela. Y a través de las yemas y los ojos entra ese instante de comprensión en el que es posible ver aquello que está más allá de los signos.

Este tipo de experiencia es lo que Francisco Hernández intenta compartir por medio de sus textos, que aparecen ante nosotros como piezas que se nutren de otras, peces chicos en el vientre de los grandes, una voz en primera persona que puede ser la de Andy Warhol, la de Toledo, o Marcel Duchamp, pero que también es la de Francisco Hernández y la nuestra.

En ocasiones son los objetos quienes hablan: "Bajé mi vista en el momento de este autorretrato", dice el mono araña de Frida Kahlo, "Frida sufrida, patrona ebria y dormida..." y otras veces quién habla es cierta parte del artista que quedó atrapada en el cuadro: "Mi cara, desde niño, es idéntica / a una lata de sopa Campbells."



Hay también cantidad de juegos interesantes. En el autorretrato de Carla Rippey, por ejemplo, Hernández revela el sentido de su poemario en voz de la artista, que a su vez habla de su propia obra, en un procedimiento que recuerda aquella famosa carta que se muestra intentando ocultarla: "Poner todas las cartas sobre la mesa. / Es decir, colocar un buen número de fotografías / estableciendo un orden o un desorden que conecte con la belleza o resulte / por esto o por aquello sorprendente."

O la síntesis de varias piezas de Duchamp en unos cuantos versos: "Soy una rosa de Francia diferente, / nacida en urinario que agusana..." O el anverso de una mascota en la que se refleja el reverso del artista: "Y mi gato envuelto por el viento cálido de los sedantes".

Al final, el poemario se abre ante el lector como dos espejos encontrados reflejándonos al infinito, mostrándonos las identidades de las que estamos formados. Me hubiera encantado que los poemas de Hernández, tan plásticos, tan inabarcables, vinieran acompañados de imágenes. Pero eso es ya pedir demasiado.

sábado, agosto 6

Eliseo Alberto, informe sobre sí mismo

Eliseo Alberto, informe sobre sí mismo
El Norte
6 de agosto 2011





Eliseo Alberto prefería escribir novela por ser un género en el que su padre nunca incursionó.
Foto: Especial

Eliseo Alberto (1951- 2011)

Dulce María González


Monterrey, México (6 agosto 2011).- Proveniente de una estirpe de poetas, Eliseo Alberto no veía el mundo de otra forma sino a través de la literatura. El autor cubano, quien siempre prefirió la novela por creerla un género en el que su padre, Eliseo Diego, nunca incursionó, falleció el domingo pasado a los 59 años tras 14 días de haber recibido un trasplante de riñón. La escritora Dulce María González descifra algunas de las claves en la escritura de "Lichi", como lo llamaban de cariño, para quien la añorada eternidad ya comenzó.

"El otro mundo está más cerca de lo que parece".
Eliseo Alberto


I. El inicio de la eternidad

El sol de la mañana entra de lleno por los ventanales de un departamento en la Colonia Del Valle de la Ciudad de México, ilumina los sillones blancos, recién tapizados, que donara García Márquez cuando cambió su sala. Sobre la mesa del comedor cuelga una lámpara art nouveau y debajo de ella un platón colmado de frutas tropicales refulge. El narrador cubano Eliseo Alberto trajina en la cocina. Está preparando el café.

Tomando en cuenta que es un hombre de hábitos, podemos asegurar que en unos minutos subirá a su viejo Nissan y arrancará rumbo al súper. Ahí comprará donas y conchas para el desayuno, vino y pan para la comida, y algún antojo. De regreso en casa dará cuenta del pan dulce con un jugo de mandarina y, encendiendo un cigarro Monterrey, se sentará frente a la computadora a trabajar.

Sabemos que casi no sale, que bebe al anochecer, que se la pasa escribiendo y repasando las fotografías que cuelgan de las paredes (sus padres, sus tíos, él mismo a los 20 años, su hermana gemela Fefé), en un continuo dolerse de la distancia que lo separa de su tierra.

Los fantasmas de la gente que quisimos viven en la repetición de sus actos más característicos, y este escritor cubano que inició su eternidad el pasado domingo es predecible en lo que se refiere a gozar de la comida y la bebida, y en hacer de la rutina una segunda patria, suficientemente acogedora, capaz de dar soporte al dolor de su exilio.


II. La renuncia de la poesía

Aunque Eliseo Alberto empezó escribiendo una poesía delicada, plena de imágenes cotidianas cargadas de profundidad, a la mitad de su vida renunció al género. Y cuando alguien le preguntaba el motivo de esa decisión repentina y tajante, contestaba que prefería escribir novela por ser un género en el que su padre nunca incursionó.

Y aunque posteriormente su hermana descubriera en la casa de Arrollo Naranjo un intento de novela del padre, hallazgo que llevó a Eliseo a escribir un largo texto autobiográfico, el gran poeta cubano Eliseo Diego, padre de nuestro Eliseo Alberto de Diego, alias Lichi, era una figura demasiado fuerte a la que el hijo no podía o no quería enfrentar.

Agreguemos el enorme impacto que significó para Lichi la amistad con García Márquez, una relación que, desde mi punto de vista, lo arrancó de una situación familiar de enorme riqueza artística e intelectual, pero también demasiado estrecha y dominante, lanzándolo a elegir un camino personal y a escribir lo propio.

Quizá por ello, y a pesar de ser su tercera novela, siempre he pensado que "Caracol Beach" (1998), que de alguna manera tuvo su origen en el taller de guión que impartía el colombiano, señala el verdadero arranque de Eliseo Alberto como narrador.


III. Un creador narcisista y poético

A pesar de la renuncia tan determinante que antes comentábamos, el lirismo no soltó nunca al narrador Eliseo Alberto. Alguien comentó por ahí que "Caracol Beach" es una novela que te hace pensar en Tarantino, al tiempo que te provoca llorar.

Lo cierto es que al impecable manejo de la acción y la técnica cinematográfica aplicada con limpieza al discurso narrativo se une la presencia de personajes profundamente humanos, cuyos conflictos internos impiden realizar el juicio acostumbrado entre buenos y malos, tan característico de este tipo de tramas.

"Caracol Beach" es una novela de violencia y de sangre en la que todos los involucrados son inocentes. El soldado al que los horrores de la guerra le destrozaron la razón y es perseguido por un tigre de Bengala volador, ese hombre que ha tatuado en su brazo los nombres de sus muertos, y anda por la vida buscando quién le haga el favor de matarlo, provoca compasión, aun cuando sea el causante de las trágicas muertes de varios jóvenes inocentes en la historia.

En una ocasión le comenté a Lichi que uno de mis personajes favoritos de la novela es Catalina la Grande, prostituta de profesión y madre del soldado. Se le ensombreció el rostro y, con ese tono de voz tan dramático -mitad representación, mitad pedazo de alma- que le era característico, exclamó: "¡Esa pobre vieja!". Entendí que para Lichi sus personajes eran tan reales como él mismo y, al igual que su patria perdida, lo hacían sufrir horrores.

Aquel dolor era acompañado de un narcicismo casi infantil que provocaba, a quienes lo queríamos, quererlo aún más. En una ocasión puso a uno de mis hijos a leer unos párrafos de "La Fábula de José", mientras él caminaba por el comedor de ida y de venida, con las manos unidas por la espalda. Al final de la lectura se detuvo en seco y exclamó: "¡Así se escribe el español!", en un simpático arranque de admiración hacia su propio trabajo.


IV. La reconstrucción de lo perdido

A pesar de que en "Caracol Beach" el manejo de la tensión dramática nos provoca leer una página tras otra y nos deja sin respiración, con todo y la estructura de relojería y la profundidad insondable de los personajes, aun si tomamos en cuenta que ganó el Premio Alfaguara en 1998, siempre he pensado que, en el conjunto de la obra de Eliseo Alberto, ese texto significa sólo el arranque de su mejor momento creador.

Después de una temporada difícil, de fracasos emocionales y estrecheces económicas que lo orillaron a escribir telenovelas para sobrevivir (actividad cuya influencia resulta muy patente en "Caracol Beach"), considero que la importancia del Premio Alfaguara fue la de aportar la estabilidad económica necesaria para que Eliseo Alberto dedicara varios años a construir una voz fuerte y de gran singularidad.

El resultado de esta época son tres joyas de la narrativa latinoamericana contemporánea: "La Fábula de José" (2000), que profundiza en el tema de la libertad humana a partir de la historia de un hombre que es encerrado en la jaula de un zoológico; así como sus dos últimas novelas, en las que el autor parece haber adquirido, al fin, la fuerza y el derecho de reconstruir su personalísima Cuba, valiéndose de un discurso muy acabado, que supo apropiarse durante su estancia en México.

Hablo de "Esther en Alguna Parte" (2005), novela en la que se aborda el valor de la amistad y la búsqueda del amor a partir de la historia de un par de viejos, entre quienes surge una estrecha amistad al final de sus vidas, y "El Retablo del Conde Eros" (2008), en la que un exiliado regresa a la isla, dispuesto a suicidarse al final de una obra teatral que se propone montar a toda costa.

En ambas novelas, el lector escucha con claridad las voces de La Habana, pasea por sus calles, siente el salitre de la brisa marina en la piel, se moja al golpe de las olas al estrellarse en el malecón y, en general, es capaz de experimentar esa Cuba hecha de palabras que el autor pudo reconstruir valiéndose de un lenguaje que constituye su más acabada expresión.


V. Un nombre para tatuarse

En ocasiones me descubro planeando con entusiasmo una visita al súper o preparando un platillo de sabores delicados, consciente de que es la mejor antesala de la escritura.

Y en las vacaciones, cuando me encierro por gusto a escribir y a leer y a comer sabroso, me digo que cada día me parezco más a ese amigo entrañable cuyo nombre, tal como el soldado suicida de "Caracol Beach", llevo tatuado en la piel "como si fuera un camposanto".

sábado, octubre 23

Los días raros

En ocasiones la muerte nos cerca demasiado. Después de haber vivido semanas placenteras, días ruidosos y largos como un tren, noches que dejamos correr con la alegría de quien se siente inmortal, recordamos que todo eso es transitorio.

He ahí la bofetada de realidad que significó para mí el tema del Encuentro de Escritores o el libro de Clara Janés que leí y releí antes de presentarlo en la Feria. A propósito de Variables Ocultas (Vaso Roto, 2010), de la escritora y traductora española, había revisado El Lenguaje y la Muerte, de Giorgio Agamben, y El Libro Egipcio de los Muertos. Demasiada realidad para un mortal sin deseos de complicarse.

La muerte a que nos enfrenta el poemario de Janés no se relaciona con la experiencia de perder a alguien ni con el recuerdo de que moriremos. Se trata, simplemente, de la muerte. La desaparición a secas. La nada. Puertas y pasajes en el oscuro trayecto que aseguran los egipcios. Pruebas del alma en su viaje hacia las estrellas. El difícil recorrido a través de las cavidades de la ausencia y el descenso hacia las raíces del lenguaje.

¿Qué otra cosa somos, comenta Agamben siguiendo a Heidegger, sino esta conciencia de la muerte, fuertemente relacionada con el lenguaje a través del cual nos comunicamos?

Fue quizá por todas estas experiencias literarias tan intensas que la presentación del libro Ivaginaria (Ediciones Posdata, 2010), de Elia Martínez Rodarte, significó un respiro, una variación de tema significativa y brillante, aunque en el fondo era lo mismo.

Jueves por la noche en la Galería Regia. Como es mi costumbre, llego tarde, perdiéndome con ello los comentarios de Carmen Alanís. Gabriel Contreras habla de la libertad de expresión en el terreno de la moral y del sentido de la sexualidad humana.

La autora agradece el trabajo de los presentadores. Extrañamente, nadie aborda el ángulo literario de los textos de Elia, que es la parte gozosa que nos engancha a sus lectores.

Aquello estaba curiosamente lleno de vida, de gente, de firmas y abrazos.

Otra cosa rara es que tanto el poemario de Clara como el libro de Elia fueron publicados en editoriales regiomontanas. Además, las vivencias relacionadas con ambos textos se complementaban. En ocasiones la vida se pone extraña, compleja, interesante.
Publicado en El Norte